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jueves, 8 de mayo de 2014

LO QUE TERMINA

Lo que termina con el día
preserva una languidez eterna:

          un ave rara

que se deshace

          en el propio canto
          de una sombra

          ajena.


Enrique López T.

martes, 6 de mayo de 2014

Narra (25): EL HOMBRE QUE TUVO, POR FIN, UNA CONCUBINA CARA (1)

Simplemente me cansé de ella, me cansé de sus ojos de los que salían rayos de luna que no me dejaban dormir porque, para colmo, ella dormía con los ojos abiertos. Tuve muchas noches de insomnio por su culpa, horrendas noches seccionadas, remultiplicadas infinitamente, y divididas entre cero, en las que no podía tocar, ni siquiera de filo el bendito sueño de los asalariados. 

Noches, madrugadas descarnadas en las que debía seguir pensando conscientemente y sin encontrar solución, a los mismos problemas que de día me aquejaban sordamente, y que tuve a bien clasificar en seis grandes categorías, seis:

     (1) el mejor y más rápido modo de hacerme de una fortuna,

     (2) la existencia de los demonios,

     (3) los secretos militares que debía entregar a un gobierno extranjero,

     (4) el anhelo de tener una concubina cara,

     (5) la muerte por asfixia, y

     (6) sus ojos de luna llena.

Originalmente sólo eran cinco (siempre he sido aficionado a ese número), pero muy pronto sus ojos de luna llena se convirtieron en un problema, en una razón sobrada para perder la cordura, día tras día, pero sobre todo, cuando la noche se convertía en madrugada, y el ayer en mañana o hasta en pasado mañana. Eso es algo que puede volver loco a cualquiera y que además orilla a los hombres (débiles como somos) a cometer las peores conductas que alguien que duerme sus ocho horas reglamentarias, nunca pensaría, nunca. Es bien sabido que, el insomnio, o mejor dicho, la privación del sueño produce locura.

Compréndanme, no tenía trinchera para guarecerme del acecho radiante de la realidad que es bastante obstinada y no admite dobles, si acaso dobleces y quebraduras. Y es que… pensando en una de esas noches sobre la existencia simultánea de los demonios también como ángeles lisonjeros y suspicaces, deduje que, de tener un doble podría escapar de mi prisión, de noche en noche, para visitar algunos de esos nobles establecimientos en los que las mujeres son muy comprensivas aunque los tragos, bastante caros; pero sobre todo, hospedarme en algún hotel baratito y dormir a pierna suelta, y ahí, en el mundo efusivo de los sueños tratar de anticipar los números de la lotería o desentrañar si los demonios se reproducen y de ser así, ¡¿cómo?!

Pero pronto caí en la cuenta de que no tenía la facultad de tener un doble en este espacio–tiempo, a pesar de lo que Castaneda haya inferido en los cursos que contrató la Compañía para fomentar el Pensamiento Mágico de Excelencia (cosa en la que de entrada no creo, por supuesto…) y porque, a pesar de lo que piensen mis subordinados, no soy una partícula infra–atómica, nada de eso… existo, y lo hago en cierto plano fragmentario pero no armónico del Universo, y además porque simplemente soy macros–cópico, muy masivo, y por desgracia demasiado iracundo: mi alma, mi peso, mi estatura, mis creencias, mi desesperación y mis nudillos maltratados dan cuenta de ello a cada momento…


Enrique López T.

miércoles, 9 de abril de 2014

ANGELUS (1): CAUTELA

I.
Luz difusa atravesada por el interior vago de una mirada misericordiosa. Como un juguete de cuerda, un ángel terrible, le presta su sombra a los niños, para que se alegren y se rían de la obscuridad presuntuosa. Se enciende de pronto una lámpara y cae el ángel deshecho en luz, una luz  aceitosa, hirviente, dolorida, rencorosa. Otro más, del que no sabíamos nada, huye despavorido; y el cielo se deshace en preciosos ramajes de electricidad.

II.
Los ángeles cautelosos no prestan su sombra, y se mudan a lugares de completa obscuridad (como el corazón del hombre) o a poblados donde solamente se usan velas y veladoras para iluminar la noche; la vista cansada o la túnica manchada de ceniza o chamuscada, es preferible a perder los ojos, las alas o hasta la vida misma en una súbita y funesta incandescencia.


Enrique López T.

martes, 25 de marzo de 2014

CONFESIÓN (2): BEBIDA

Hay un mar dentro del café que he pedido, y que bebo, con la convicción del que lleva mucho tiempo siendo náufrago, y no puede pensar en otra cosa que no sea en el mar que lo ciñe como el temor de algo, un temor antiguo, más antiguo que los propios dioses… No es una blasfemia, puesto que también bebo este café con la convicción del creyente que toma la sangre de Cristo y espera la liberación y la gracia, a través de la contricción... digo contricción y no contrición porque el sacramento es en mucho contraerse, volverse sobre uno mismo y desde ahí ver el mundo entero. Pero no todo es místico, sería falso si lo fuera por completo, puesto que tampoco bebo porque tenga sed de lo absoluto, hace mucho que dejé de sentirla a toda su profundidad... bebo igual que los alcohólicos, con la esperanza de que el café resuelva todos los problemas de mi vida, que en este momento son sólo dos: la muerte y la somnolencia. Ya lo sé, es ridículo pensar que una bebida puede resolver todos mis problemas, pero al alejar a la somnolencia de mi frente como un pensamiento preciso (aunque no a la muerte de mi alma) el café me trae un momento de claridad, un momento de paz curva que se acelera como una yegua desbocada, pues viene seguido de una preciosa ansiedad que ¡ya! ¡zumba dentro de mi cabeza!


Enrique López T.

miércoles, 19 de marzo de 2014

PRIMAVERA, AMAR EL INVIERNO

Entonces, sonríes… y la primavera sale del pecho del invierno como un corazón urgente, furtivo, amenazante; emerge, salta, apuesta… rompe la noche. La atmósfera está tibia, tersa, inclinada… es inevitable tu alegría. Hay almas así, completamente solares aunque se disfracen de gélida Luna desbordada, o de amargo veneno. El viento romo también pilotea el deseo traicionado, deslizando bajo el arrebato estridente los mismos perfumes evanescentes de un cuerpo, aunque mortal y lejano, ardiente. Hay cuerpos así, eternamente encendidos, aún si los cubre la lejanía del sueño o la muerte por envenenamiento, y ante los cuales la primavera es el recóndito canto de un piano suave, hondo, malicioso, descompuesto...

Enrique López T.

lunes, 23 de diciembre de 2013

IOcto (10): INV[I]ERNAL (1)

«Vámonos», dijo la Amargura.

Y salimos de aquel palacete del placer y la decepción al tibio sol de invierno.

Debo aclarar que nuestras almas no nos acompañaban…


Enrique López T.

martes, 24 de septiembre de 2013

Iocto (9): Otoño.

Escribiste «amor»
en tu cuaderno...

y ahora el viento 
arranca las hojas 

que arrastra 
silbando 
el barrendero...


Enrique López T.

martes, 6 de agosto de 2013

PARTÍCULA

Si miro un poco…
     despacio,
          lentamente… se desvanece.

Si me quedo quieto…
     inmóvil…
           ya no percibo su movimiento.

Si quiero asirla…
     magnéticamente…
          se deshace en música.

Tiene un movimiento especialmente bello…

{ ¿Cuál? }

El    d  e     l   a        f    u       g         a  .        .              .


Enrique López T.

martes, 9 de julio de 2013

Desesperanza (1): Tiempo y eternidad

Pero dime ¿qué diablos no es una pérdida de tiempo? 

Algunos se dedican a trabajar, hacen lo suyo todos los días con cierto orgullo y decoro, ganan algo de plata, pero pocos se sienten verdaderamente satisfechos.

Otros más se embrutecen; y los más detestables se entretienen con el cine, el teatro, la literatura, la poesía… ¡la “Gran Cultura”!… pero están vacíos; y buscan sentirse inteligentes rondando alguna idea como esas moscas tercas sobre los cadáveres.

Los hay quienes quieren abrirle el seso a Dios y rezan queriendo torcer el destino; o escriben largas cadenas de garabatos que ni siquiera se aproximan a lo real, puras bromas de mal gusto.

Algunos cazan ciervos o búfalos blancos, aunque ya no existan, sólo para probar que valen algo.

Y ahí junto están los que matan al perro del vecino… o a su vecino, por pura maldad; o peor, los pobres diablos que matan aquello que más aman y quieren pagar vida con vida, cuando están muertos; y todavía llegan más lejos los bellos ángeles que se inmolan lento, lento… por orgullo o por miedo, y mueren con una sonrisa estúpida en los labios.

Y entre una cosa y otra, todos estamos entreteniendo el balón, haciendo tiempo, entreteniendo los jugos en la carne, aguantando, haciendo cosas vanas e insignificantes… para esperar el final.

Si tan sólo hubiera uno…


Enrique López T.

miércoles, 3 de julio de 2013

Anamnesis (2): Mneme

La memoria ha de engañarte, porque ese es su trabajo y porque tiene el corazón podrido y romántico, porque tiene el corazón de puta.

No le creas. En la vida. No le creas. Huye mejor a la frontera, hacia las montañas. Espera el Apocalipsis. Pero no le creas. No tiene caso.

Seguramente, jamás existió esa tarde lluviosa en la que fuiste feliz como pocas veces ya se ve en este mundo, abaratado por los mediocres.

Ten por cierto que aquella victoria sobre los normandos, los galos y los hoplitas no fue tuya, que ni siquiera ha ocurrido en los pasillos interminables de un tiempo sin caballos.

Apuesta todo cuanto tengas, triple contra sencillo, a que tu gran amor sólo existió en tu deseo, y al deseo se lo comieron los perros de nochebuena, hambrientos e indignos como humanos.

Todo cuanto recuerdas es falso. Todo cuanto recuerdas lo has inventado para consolarte en la noche cósmica. Todo es un cuento para dormir bestias, monstruos, furias, arrepentimientos y culpas...

Todo es entretener los jugos en la carne, el espíritu sobre el abismo, el engaño en la cara de Dios contra su último madrazo.

Todo cuando has vivido ni brilla, ni suena como el oro.
Es puro polvo que sobre la Biblia ya está rezando tu novenario.


Enrique López T.

jueves, 13 de junio de 2013

Cine: Grandeza comparada, The Great Gatsby 1974 y 2013

Siguiendo los pasos a las adaptaciones que se han hecho de la novela de Francis Scott Fitzgerald, The Great Gatsby, pude ver la versión de 1974 dirigida por Jack Clayton, con Robert Redford y Mia Farrow en los estelares, y con guión–adaptación de Francis Ford Coppola. Y les adelanto mi conclusión, Baz Luhrmann hizo un gran trabajo de adaptación, logró una mejor película que su antecesora.


Ya sé que las comparaciones son odiosas y en este caso quizá injustas, pero creo que son necesarias y nos servirán para echar un breve vistazo a dos épocas, a dos entendimientos de cómo hacer cine sobre un mismo texto.

La apertura de la versión de 1974 nos presenta a Nick Carraway (Sam Waterston) en una lancha hacia la casa de los Buchanan con las famosas líneas del consejo paterno. De inmediato conocemos a Tom, a Daisy y a Jordan. La opacidad de éste Nick, su acentuado color gris, funciona por breves instantes únicamente cuando es un mero testigo de los hechos o coquetea con Miss Baker, pero cuando interactúa con Gatsby no logran, ni de lejos, la empatía de Maguire y DiCaprio.


La presentación de Gatsby también indica mucho del carácter de cada película: mientras que la de Luhrmann es más fiel al libro al hacer que el personaje vaya al encuentro de Carraway y aparezca, con todo ese glamour, en medio de la masa de invitados que no saben quién es (labrando un momento inolvidable con Gershwin de fondo), la de Clayton quiere demostrarnos su separación casi completa de la fiesta y de paso, su poder y relación con los tipos duros que lo custodian. Dos sensibilidades para destacar la soledad: la primera es la soledad en medio de la multitud, la segunda la soledad del enclaustramiento, ambas con la distancia focal de la luz verde.


Y precisamente, otro rasgo diferenciador es la forma en que se conectan con la luz verde: mientras que Redford mantiene la palma hacia arriba como recibiéndola, recibiendo por derecho propio lo que está convencido, es suyo… DiCaprio lo hace como si intentara tocarla con la punta de los dedos, como quien quiere acariciar un sueño para saber que es real y después asirlo. Todo lo cual marca la relación con Daisy: el Gatsby de Redford reclama el abandono y la orilla a tomar “su decisión”, en tanto, el Gatsby de DiCaprio la mantiene en una burbuja de ensueño hasta sus últimas consecuencias.

En general, el Gatsby de Leonardo DiCaprio es más complejo, más rico en emociones: lleva el misterio, los abismos, los tormentos, los traumas, la debilidad, el poder y la tragedia varios niveles por arriba del de Redford, cuyo carácter se concentra demasiado en sí mismo, invierte demasiado en ser hermético. Por ejemplo, cuando Carraway le hace el “único cumplido”, Clayton lo filma desde el punto de vista del propio Gatsby, con una toma en picada… minimizando a Nick, pero Luhrmann lo hace al contrario, preponderantemente con una toma contra–picada para exaltar a Gatsby y hacer notar, al mismo tiempo, un dejo de amargura, satisfacción y gozo.


Con la protagonista ocurre algo similar, sin ir más lejos con el tintineo de la voz: lo que es elaboración en Mia Farrow, en Carey Mulligan es naturalidad; si bien la Daisy de 1974 casi bordea la locura y es más funesta en el contexto, dado que no hay tensión en el desenlace (¿llamará o no llamará?) sino que es un mero abandono, un simple desangramiento… para mí, es más memorable la Daisy de 2013 al cambiar esa enajenación por una doliente inconciencia, casi por una inmolación… pero quizá afirme esto porque respondo a lo que mi época dicta.


Finalmente está el desenfreno… sin antes saber que el guión lo había escrito Francis Ford Coppola, es clarísimo que las “locas fiestas” son iguales a las fiestas familiares de El Padrino, podrá haber más bullicio y “disipación” pero ahí están las carpas, las mesas centrales, el baile, los parroquianos identificables, y hasta la comida que tiene mayor presencia que en la versión de 2013 (cuyo estilo es pintar un telón de fondo recargado). ¡Ah! y la música en la versión de 1974 es una simple recreación de época, una discordante recreación si me lo permiten.


De este modo, Clayton se queda mucho más corto que Luhrmann (según mis propios decires en un artículo anterior), borró incluso la cuestión social, esencial en la novela. No hay contraste entre los abismos de Gatsby y el desenfreno–vacuidad de las fiestas, obteniendo una película floja, demasiado esforzada e indolente que no profundiza. Quizá podemos alegar que fue la época y su forma de entender la “perdición”, pero en el mismo año se estrenó Chinatown que no sólo explora sino toca y barre los bajos fondos de los seres humanos y la sociedad.

Así que, a la luz de la [injusta] comparación revaloro el trabajo de Luhrmann, que ha logrado una buena adaptación del libro, tomó muchos riesgos y logró algunas victorias no sólo estéticas sino de fondo en la interpretación de uno de los personajes y una de las novelas insignias del siglo XX. Pero una vez más insisto: es mi percepción, la cual no puede escapar de su propia época, ésta época en busca de altos contrastes, símbolos renovados, analogías entre el individuo y la humanidad, una época perdida en su creatividad, contradictoria y que como todas busca comprenderse en sus películas.


Enrique López T.

martes, 21 de mayo de 2013

Folsom

“...le disparé a un hombre en Reno sólo para verlo morir...”

No sabía que yo mismo era aquel hombre…
          ni que tú, amor mío, eras esta muerte...

Mientras la herida se vuelve apuesta segura, y dejo un margen en blanco… y el sol cava su madriguera, voy a acostarme a un lado de mi memoria para poder acariciar la obscuridad que eres, el vacío que eres… en ésta falta de fe, en éste tiempo sin puertas. 

Estoy cansado del ayer y del mañana, que se confunden en un sitio llamado mayo, del que no tengo sino dieciocho golpes y miles de dentelladas, y una devoción casi religiosa. [La nostalgia fabrica lugares sagrados, pero en mí los falsifica para que le compre los boletos más caros.]

Me roe el tiempo igual que a un dado de una incertidumbre convicta, maciza, aulladora… me traga la vida y yo aquí tan tranquilo, viendo arder los astilleros, y pasar a los atilas, y yo aquí acariciando la llaga que evocas, el puto dolor que eres y eternizas. 

Lo único que me hace sonreír, a éstas alturas del patético y lento partido [sin goles] que es mi existencia, son las canciones tristes de Johnny y las películas que nadie frecuenta. 

Como puedes ver, si pudieras verlo, estoy derrotado.
Y tú lo dijiste… [Brindo por tu sabiduría.]

Me iré a dormir con el cansancio de la maldición entre los dientes, sobre la frente, untado en las entrañas… y te veré en mis sueños, tal vez en ellos me sobra corazón y fortuna; tal vez ahí soy una máquina de producir verdades, un revólver o un silencio a dos voces, o una piedra a tú medida. Eso sería bueno...

Te veré en esos sueños con la cabeza inclinada sobre mí, murmurando una nueva maldición que cumpliré cuando llegue el mañana. 
el mañana, el mañana...

          [Final] ¿Dónde se encuentra la vida?
                    me preguntabas, en la película,
                              en un departamento casi vacío,
                              flanqueado por el espesor de tus ojos…

                              Aún no lo sé... 
                              pero te sigo buscando...


Enrique López T.


jueves, 16 de mayo de 2013

Redbird (7): Resignación

I.
Comprendiendo luego que Ella vive en mí, en mi dolor y que la mantendré viva todo el tiempo que pueda.
Comprendiendo antes que la amo.

II.
Eché un vistazo en mi corazón y solamente encontré sed y obscuridad, pero tú estabas ahí, y entonces… 
todo ya no fue tan terrible. 


Enrique López T.

martes, 14 de mayo de 2013

Cinq (4): Tú y yo, la distancia, el tiempo...

1. Una mujer diáfana mira por la ventana, ya no se acuerda, pero lo odia. Fuma. No es domingo sino mayo.

2. Un hombre bebe solo y no sabe qué hace cuando bebe solo.

3. Hay azules sangrantes, alcohol de cielo y humo de cigarro… pero no en el mismo sitio.

4. Esto sucedió claramente en el olvido.

5. Tal vez en el mismo tiempo, pluvioso y lustroso de sus dos corazones destructivos…
          bastardos…


Enrique López T.

martes, 30 de abril de 2013

Tío Vania: Un Soleado Día de Septiembre

Nadie conoce la verdadera condición humana mejor que los médicos, son los testigos de cargo de cuánta grandeza y miseria es el hombre enfrentado contra las cordilleras del nacimiento y los acantilados de la enfermedad y la muerte. Así que no es de extrañarse que un médico haya podido conocer mejor el espíritu de una época que recién arribaba, y ya presentaba malestares.

Por supuesto, ese médico es Antón Pávlovich Chéjov, su obra no sólo es el diagnóstico preciso de los males que aquejan a la época moderna y post–moderna, sino también la prescripción y hasta la medicina que, por ser una gran verdad, debe ser administrada como un poderoso elixir.

La dosis exacta se suministra en Tío Vania, una obra de teatro poderosa, violenta, sutil y demoledora en la que Chéjov desnuda ese espíritu (post)moderno, esencialmente insatisfecho; una obra de teatro que encontró una puesta en escena cabal, íntima, soberbia y contundente a cargo de Teatro UNAM.
La puesta revive la mítica traducción y montaje de Ludwik Margules, quien tuvo el tino de dulcificarla con un español universal, y de condensarla, reduciendo a la madre de Vania a una referencia punzante.

David Olguín reinterpreta, dirige, y logra una versión ágil y muy personal de este nudo de sentimientos: entre el más feroz de los absurdos (Pinter al abordaje) y la confrontación férrea de los personajes —y de los asistentes— con su propia vida. En la mejor tradición “western” del director, la obra es casi un duelo existencial, de uno y otro lado del escenario, un duelo al sol.

El ambiente tiene mucho que ver: cada espacio, tetera, libro, cuadro, sol y sombra que coloca Gabriel Pascal… cada corte, color, tono y tejido del vestuario de Estela Fagoaga… y el juego de sonidos (excepto por la canción rusa no muy afortunada, para mi gusto) que Rodrigo Espinosa tiende, sumergen al espectador en este duelo de actores, de verdades vitales y sentimientos; y lo afianzan en lo universal de la obra y en su cataclismo mustio.


Con todo, el mayor acierto del director es haber conjuntado un elenco soberbio y de llevarlo a una tierra donde la tormenta externa no es nada, comparada con la tempestad interior:

Arturo Ríos es el mejor actor de México, si en El Dragón Dorado era el pilar para hacer grandes evoluciones, aquí es la energía de fondo que lleva todo al límite, es un eficaz atractor. Su concentración es tenaz, trabaja al personaje desde la fatiga existencial, y es paradójico que, invierta tanta pasión para interpretar al desaliento y a la decepción. Con un trabajo exacto, atrapa al público desde antes del inicio de la obra, siempre está en papel: incluso cuando duerme o la luz cenital no lo toca… pero sobre todo cuando Vania se rebela y entiende que su vida ha sido una mentira… el viaje de la nada hacia ninguna parte.


Laura Almela está exquisita, dota a Elena de una fuerza agonizante y de una elegancia tal, que libra con facilidad el “problema de la edad” (Elena debería tener 27 años). Su trabajo pone azules en los ocres y permite entender por qué ésta mujer es el objeto de deseo de los 3 hombres de la obra (su marido, Vania y el doctor), qué es lo que significa en sus vidas, y hasta que punto resulta inútil y cruel su sacrificio. Siempre he creído que Elena prefigura a la femme fatale del cine negro: al ser un precipicio, incluso para sí misma.


Por el contrario, Sonia es el ángel salvador, el amor que puede redimir y el dolor de repudiarlo. Por ello, el personaje es una marea que sube y baja, que sube y baja a lo largo de la obra, inundando el escenario con una ternura salvaje. Esmirna Barrios interpreta sensiblemente esta esperanza arruinada: su infinita generosidad, sus lágrimas y ese tremendo discurso final la hacen más bella y descomunal en escena. Su trabajo es inolvidable.

En un decoroso acto de cortesía profesional, Chéjov aparta las mejores líneas de la obra para el Dr. Astrov y que David Hevia honra “hasta desangrar la poesía”. Este personaje, en particular, hace patente ese tedio existencial que anega la obra, es claro que uno se fastidia por falta y por exceso de vida interior. Ni trabajo, ni cultura, ni éxito o afecto lo sacan de su marasmo, su espíritu está más yermo que sus bosques.


Junto con el Profesor Serebriakov (que Mauricio Davison pule hasta la estulticia) el autor ruso redondea la crítica hacia el intelectual incoherente, que no genera sino que sólo consume y devasta, algo tienen de plaga, no en vano Chéjov afirma que ese tipo de seres lleva el Apocalipsis a donde quiera que van. Pero en realidad, no es algo exclusivo de los “intelectuales”, habemos seres así, Atilas de los otros y de nuestra propia alma.

Los personajes son inabarcables…

Y puede que éstos hombres y mujeres sean débiles, absurdos, habitados por el desencanto, puede que sufran la vida de más, incluso que no sepan vivirla… pero ¡por Dios, la aman desesperadamente! Podrían renunciar, es cierto, pero permanecen fieles, abnegados… son esclavos de su amor, por más necio que sea. Sólo desean que el dolor y el cansancio se acaben y que la vida los bese con todo ese amor tergiversado que tanto anhelan. Y quién diablos no ha deseado esto.


Porque, con todo y todo… casi seguramente, nosotros no somos mejores que ellos: cuántas veces nos hemos sacrificado en vano, cuántas veces pervertimos la esperanza, o aceptamos el desamor, nos negamos una oportunidad o lo arruinamos por egoísmo o miedo… Ya lo ven, Chéjov no tiene misericordia alguna.

Por supuesto, el papel del escritor, no es responder ¿cuál es el sentido de la vida? O ¿cómo se vive la vida? Sino el de ponernos en la pista de las respuestas, incluso con una feroz crítica a la insatisfacción del alma humana, que de vez en vez sufrimos indefectiblemente. Por eso, Chéjov nunca deja ser ese médico que, nos advierte, a su manera, sobre nuestra precaria salud, así la aparición de septiembre en la obra tiene la belleza de un aviso urgente y nunca entendido: caen las hojas como se va la vida, pero aún hay días de sol y rosas.


Quizá esté leyendo “algo” donde Chéjov sólo decidió narrar desde la misma desencantada perspectiva de sus personajes, pero la obra y su puesta en escena ponen de manifiesto la urgencia de vivir, de no engancharnos al pasado, ni hacer de él nuestro futuro, de dejar lugar para lo nuevo, perdonarnos, ir a paso ligero y permitir que el porvenir haga su trabajo… pero sólo es una conjetura… ojalá y los médicos escribieran más claro… Incluso Chéjov.

A la distancia Tío Vania me parece una casa hecha de espejos, puesta en medio de una tormenta para reconocernos en cada oportunidad: aquellos que son como Chéjov, es decir, los más afortunados… reirán incluso al reconocerse; otros, llevaremos dolientes un trozo de ese reflejo clavado en el corazón… clavado como un soleado día de septiembre.


Enrique López T.

jueves, 31 de enero de 2013

Milagro (1): Precisamente

Este día desciendo del invierno, aunque doble enero la rama fría con el gélido secreto del metal que tañe.

Este día desmonto del invierno, en un arco de asombro con sus tres radios bien puestos y entro a la fiesta: exacto, indeleble.

Incluso muerto: apearía mi corazón que alumbró, a medias, las embravecidas praderas de subterráneos tiránicos y absurdos.

Heme aquí: desprendido del injertado invierno que empolló mi corazón por largo tiempo… en inconclusas trojes y en ciegas caravanas de nada (su absurda vileza de sangre podrida).

Ustedes difuntos también deberían bajarse de aquel triste carrusel de habitaciones vacías… y ganchos de izquierda y agobios versales, para darse por entero a marzo, y a sus aguas vivas.

Puesto que no es lo que sobra, sino lo que persiste y triunfa.

     No es la ceniza, sino el fuego laborioso.

          No es el ángel ni la bestia, sino lo que media.

               No es la especie, sino el nosotros.

                    No es lo que roe, sino lo que anima.

Por eso, desciendo del invierno y asciendo a tus brazos «amor mío, mi amor, amor hallado» para los días de extremadura sin revancha, feroz cáliz, poema en métrica, caricia de la curva, alma que arde de noche, presentimiento, calor–vida–temperatura, nítido cartesiano, tu paz, tu milagro, tu equilibrio, tu movimiento al piano a dos manos frías, un acorde para el futuro, precisamente… 

la Primavera en tus labios.


Enrique López T.

martes, 18 de diciembre de 2012

Me gusta predicar en el desierto

Una voz clama en el desierto.

Se interna en el murmullo de las cosas quietas, muy cerca de su centro de gravedad absoluto.
Vibran.

Afuera como es costumbre en éstas falsas tierras, llueve.
Llueve ceniza.
Recuerden que todo esto es un páramo duro, un desierto movedizo.

Fortuitamente, el silencio es una fauna difícil de ver, no abreva más que de tus ojos.

¿Qué dice el silencio entre las pequeñas cosas que la vida dejó a un lado?
Algo que ni él mismo entiende.

Nombres que estañan cielos con cielos. 
Palabras espectrales sacadas de tumbas y diccionarios. 
Palabras fantasmagóricas metidas en poemas, canciones y ensayos.

También hay súplicas que vienen de lenguas y tiempos muertos… 
y van a dar a oídos y corazones sordos... 

Me gusta predicar en el desierto.


Enrique López T.

martes, 11 de diciembre de 2012

Sabotaje

Tenía la esperanza de no estar en el borde, pero la vocación de la autodestrucción es grande; tan grande como el espíritu de todas las cosas, y tan fuerte como la voluntad febril de la memoria, la rabia y el sabotaje.

Tenía la esperanza de no estar tan al borde, pero te amo. 

Es elemental, sólo los hombres son mortales… por qué no habría de serlo yo, aunque no pertenezca a la especie…  Sub–especie eterna o especie sub–eterna, dicen… Debe ser una broma.

Estoy tan al límite que bordeo los acantilados del Espíritusanto, los astilleros del Hijo y el darwinismo del Padre: excepto que no puedo decir ni “ojalá”, ni “nunca”, ni mucho menos: “para siempre”.


Enrique López T.

martes, 16 de octubre de 2012

Dobles comillas

¿Y si un día regresamos a la casa de la sal y ya no está? ¿Qué pasará con los días que guardamos ahí para que la eternidad no los embargara? Una casa no puede contenerlo todo, pero lo intenta. Igual que un corazón sucio y expuesto. O una mirada a través de un lente granangular. Una casa dice: «soy el “profeta del presente”». El corazón grita: «soy “el augurio del mañana”». La mirada calla porque puede dar vida, o asesinar todas las cosas.


Fotografía: Keri

Enrique López T.

jueves, 4 de octubre de 2012

Primero de Otoño

Hay días de otoño que son de bronce y otros que son de veneno. Pero ¿quién puede distinguirlos con las manos desnudas, si les saben igual a los ojos?

Apertura. He vagado mucho tiempo por los días de otoño que apenas comienzan, que apenas distienden su anhelo de hacer su herida profunda en los rostros, y sólo he encontrado: un sol ciego tocando la armónica por unos cuántos denarios, lunas llenas de cangrejos y algunos fantasmas desangrados en el quicio de la puerta.

Es lo que tiene el otoño: violencia disimulada, cuerpos debajo de los montones de hojas, un perro ladrándole al viento, golpes de furia en la garganta, colores tibios y crujidos que no dicen nada.

Nada como el otoño para fermentar mi corazón en su propia infamia. Pero no me rindo. No hay paz posible en ésta Tierra: considerando el amor imposible, considerando que además de ventanas nuevas hay piedras, considerando que ponemos nuestra cara de no entender nada.


Enrique López T.