¿De dónde venimos? ¿Cuál es nuestro origen, cuál nuestro propósito? Son preguntas fundamentales, cuestiones que nos llevan al límite del sentido. Nuestro esfuerzo por darles respuesta nos ha llevado a fundar ciencias que buscan el origen del hombre, el origen de la vida, el origen del universo…
La ciencia nos ha dado el entendimiento de que todos estos orígenes están encadenados, de que hay, por decirlo así,
una sola Historia marcada por el paso accidentando de una evolución que va de lo simple a lo complejo, no necesariamente a lo mejor.
Sin embargo, la ciencia no es suficiente para dar todas las respuestas:
la ciencia trata con el cómo, tal vez con el porqué pero el para qué se le escapa:
por qué surge la vida o para qué surge la vida, por qué existe o para qué existe el ser humano… son preguntas que quedan fuera de su ámbito y que nos llevan a callejones sin salida.
La religión puede entrar al quite para calmar éstas ansias metafísicas y angustias existenciales, me dirán que no son “respuestas verdaderas” pero he visto que ofrecen consuelo real. Casi en la misma vía de escape tenemos a la filosofía, que funciona más como una terapia de choque…
y al arte, que nos puede dar otras experiencias cercanas a la calma, la certeza, o también al agobio y a la incertidumbre de lo que significa «ser».
Y es que la ciencia–ficción debe responder de un modo u otro a la pregunta ¿
qué significa ser un ser humano, aquí y ahora, en términos de nuestros valores, riesgos, preocupaciones, perspectivas, sueños…?
Ridley Scott lo hizo dos veces (por eso tiene mi respeto y admiración total): una con
Alien (1979) sobre las amenazas de lo desconocido y el temor emanante (mediante referencias sexuales) y otra con la que es a mi gusto:
la mejor película de ciencia–ficción de todos los tiempos, Blade Runner, poderosa película que plantea la relación entre l
a creación y el Creador, el hijo y el padre, la vida y la muerte, el esplendor y la decadencia, sobre la calidad de ser humano…
Tristemente no encontré nada de esta dimensión filosófica o existencial en Prometheus, no digo que no la tenga, sólo que yo no pude encontrarla, p
odrá estar filmada en 3D, pero para mí carece de profundidad.
Cabe decir que no soy gran fan de la serie de Alien (sólo de la primera película), y esperaba más de Prometheus;
de hecho no sabía de la conexión con la franquicia, opté por llegar a la butaca sin saber nada sobre el regreso de Ridley Scott a la ciencia ficción, listo para las sorpresas…
No dejo de reconocer que,
a nivel técnico, su producción es impecable, justamente en la línea de Alien: hay un gran despliegue de
las concepciones y el estilo de H.R. Giger (las estatuas, los exoesqueletos de los Ingenieros que me recordaron a Ganesha, el diseño de la nave y las criaturas, etc.) pero ya no hay frescura, ya lo hemos visto muchas veces.
Sus efectos son muy cuidadosos y efectivos: se ve muy bien (la versión de 35mm es más clara que la de 3D) despliega grandes escenarios y juega con la obscuridad:
el miedo asociado a la exploración de un medio desconocido, extraño, hostil… pues ante todo están en una tumba que tiene y que lleva la muerte en su interior. También juega con la enormidad de estancias secretas o de naves cayéndote encima.
Pero el guión tiene grandes baches y desperdicia a actores y a personajes que pudieron darle más fuerza al film, Idris Elba es el mejor ejemplo: de qué juega, de dónde saca ese arrebato heroico. Sin duda,
la película se la lleva Michael Fassbender pero no en su papel del robot David (“Hello, Dave!” homenaje a HAL-9000 de 2001: A Space Odyssey) que tiene su propia agenda,
sino como Lawrence de Arabia y así qué chiste. Las citas memorables de Prometheus proceden de
Peter O’Toole: «The trick, Potter, is not minding it hurts»…
La heroína Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) es un poco fallida, con la fortaleza femenina acostumbrada pero no tan aguerrida o inteligente como
Ripley (sí con el mismo peinado corto–despeinado), a mí no me logró convencerme de su fe, suena hueca,
su experiencia del asombro o de la trascendencia está desdibujada, es una de las peores creyentes de la historia del cine.
Prometheus no tiene respuestas a casi nada, y está bien… quiere instaurarse en esa tradición de la ciencia ficción especulativa (atisbos de creacionismo incluidos), planteando más preguntas… pero falla, porque
no las planeta sobre el sentido de la existencia, el origen del hombre (incluso en la “perfecta coincidencia” del material genético con los “creadores”)
o la de su eventual exterminio (
por ejemplo, si se juega con la mitología cristiana por qué no dejar asomar la ira del Ingeniero al ver la cruz de Shaw, haciendo un guiño a una especie de venganza por la muerte de Cristo… o algo así) en vez de esto
se queda de nuevo mirándose el ombligo, metido en el “universo Alien” inclusive si inaugura una línea paralela.
Estoy cansado de precuelas, de secuelas, de remakes, de repeticiones… cansado de que ésta época ardua e importante, no tenga las películas de ciencia ficción que le permitan pensarse y repensarse; cansado de que todo se quede en el mero entretenimiento.
Para mí Prometheus no pasa de un divertimento veraniego, simplemente porque le falta profundidad. Es cierto, esperaba más y las expectativas pueden cegarnos…
Con todo, dos cosas son ciertas:
La primera,
Ridley Scott igual que el titán (pésimamente aludido)
está encadenado a su pasado (ahí viene una secuela o precuela de
Blade Runner, que según yo debiera ser intocable), ojalá que rompa esas cadenas y se aventure a nuevos horizontes, que recuerde las palabras de
Philip K. Dick: “I am a fictionalizing philosopher, not a novelist”, que Scott vuelva a ser más que un director un filósofo del cine.
La segunda verdad, es que, Prometheus te deja un ferviente deseo por ver
Lawrence de Arabia… con esos contrastes entre el espacio abierto del desierto y la toma cerrada sobre los rostros, diciendo líneas como:
–Have you no fear, English?
–My fear is my concern.
Efectivamente, lo mejor de Prometheus es Lawrence de Arabia.
Enrique López T.