martes, 3 de abril de 2012

Narra (16): Oficio

4 de la mañana. Madrugada demasiado obscura. Estoy listo para marcharme, sólo pongo algunos correos importantes y dolorosos. Condolencias que me atañen.  

La pantalla escurre. Dejo a un lado el café dulce que antes me alegraba, pero ahora ¡bah!… pero ¡¿que importa?! y tomo el jugo tan amargo como yo, «una medicina que no es amarga no cura» me digo para convencerme, aunque sé mejor que nadie que yo no tengo remedio.

Ya están reordenando la luz allá afuera, la maquinaria pesada empieza a trastabillar los ecos de sus engranes que estrujan la realidad. En breve la emulsión empezará a brillar y todos despertaran de sus sueños felices. 

Envidio a la gente feliz que duerme “sus ocho horas” y que se levantan adormilados y nunca dejan de estarlo, y andan como zombis idiotas, es decir, doblemente estúpidos, torpes al cuadruple, caminando por el carril del menosprecio al día.

Dormir poco y mal, es lo habitual en mí desde hace algunas décadas. A lo sumo logro juntar un par de horas atormentadas por la vigilia aceitosa y ciertos pensamientos inútiles que tienen que ver por supuesto con Ella y con el Tiempo, no con el clima que me importa nada o casi nada, a pesar de que cada día nos azota más duro, sino con el curso de mi vida que se agota a cada instante. Debo estar ya en las últimas y ni siquiera tengo esa certeza… la que viene en papeles con una insignia y una firma al calce.

Ni siquiera el baño con detergente y casiaqua muy caliente pudo arrancarme la última conmoción de la fatiga y el hartazgo.

Estoy harto, sobre todo de crucigramas sentimentales equivocados, pero qué le vamos a hacer, es el exceso de sentido lo que a mí me pierde. Siento la espalda como el corazón, como un nudo de alambres y la cabeza aún más enredada. Mala jugada de mi naturaleza contra sí misma.

Aunque tengo algo muy claro, reconozco que hoy estoy dispuesto a odiar todo cuanto se atraviese en mi camino.

Sí, hoy es uno de esos días. Hace semanas que sólo tengo días malos, hace semanas que no puedo sonreír

Y mi oficio de francotirador no ayuda mucho.


Enrique López T.