martes, 27 de marzo de 2012

Redbird (2): Mattie Ross / True Grit

Del mismo modo en que hiciste descender las estrellas
así la noche se estremece con un disparo.

Casi al finalizar la llanura
empezaba el territorio de la muerte
y su cadena de deseos. 

Y tú linda niña:
debes ser valiente y disparar cuando esté cerca.

Ya sé que no vas a llorar...

y que es mejor sentir odio que nada…
tras esos ojos inmensos.

Fuimos rodeando.

La noche es irrodeable, dijiste.
Fuimos rodeando, rodeando, a paso lento.

Manteníamos el miedo tan cerca como el revólver
que brillaba como agua serena.

La luna era una yegua
que había perdido a su cría
y vagaba lentamente, despilfarrando plata.

Yo quería sentir un poco de bondad
y di un trago al whisky
que traje de contrabando.

Pero yo quería sentir la bondad de tus labios.

Luego el silencio.

Las cabezas de los indios
adornaban los árboles resecos
como frutos de rencor e ira.

Pero tú, linda niña, no huiste...

ya habías decidido ir sembrando
manzanos y estelas de lumbre
a tu paso...
... y heridas más profundas
que el oro de los muertos.

El destino se dejó alcanzar en la cumbre
de algún lugar sin nombre.

Y cumpliste tu juramento...

Acabamos con alguna vida,
con algún futuro.

Casi al finalizar la aventura
perdiste tu corazón por mi causa,
y yo perdí la vida.

La vida, ésta vida tan absurda.

Eso es todo, y ya no hay regreso.

No supe amar el disparo que eras en la noche,
ni el agua serena,
ni la valentía.

No supe amar ese milagro que eras
durante el tiempo sordo
que anduvo
tras nuestro rastro.

El tiempo, todo,
ha sido un vómito de sangre,
sed de vinagre,
sequedad y recelo.

Y no ha habido ni un momento
en que no haya pensando en ti,
niña de los ojos resplandecientes.

Que el lugar de mi tumba
sea el de nuestro último encuentro.


Enrique López T.