martes, 27 de septiembre de 2011

Cine: Arthur Penn, el don de la puntualidad.

Linaje es destino. Arthur Penn (27/IX/1922 – 28/IX/2010) hijo de un relojero, hizo gala de una puntualidad insólita: supo llegar exacto, incitar una ruptura, renovar a Hollywood. 


Pero claro, su recorrido es más importante: estudia Literatura que deja para luchar en la Segunda Guerra Mundial, donde desarrolla su gusto por el teatro montando obras para el ejército. A su salida estudia Arte Dramático y Letras, se hace actor y es director de teatro para 1956; trabaja asiduamente en Broadway cosechando éxitos y un Tony. Antes, en 1951, entra en la NBC donde funge como ejecutivo, escritor y director de series de televisión.

Su formación intelectual, clásica, escénica y televisiva lo hicieron un director moderno; además de que supo entender y retratar su tiempo. Inspirado por el cine europeo, su singularidad radica en abordar de forma reflexivamente entretenida los géneros clásicos.  

Esto es patente desde su primer film El zurdo (The Left Handed Gun, 1958) un western ameno con tintes psicoanalíticos sobre Billy The Kid con Paul Newman, en el que ya se nota su estilo entre la abstracción y el arrebato, y eso que al acabar el rodaje lo despidieron sin permitirle hacer el montaje final.


En su cuarta película La jauría humana (The Chase, 1966) repitió la experiencia, el productor Sam Spiegel se la quitó para re–editarla. Con todo su cine ganaba en profundidad sobre todo en la recreación de la violencia y en su apuesta de que puede aparecer aún entre los más civilizados en ciertas condiciones.  

A menudo los tropiezos abren la puerta al triunfo: un año antes filma Acosado (Mickey One, 1965), película con un buqué de nouvelle vague que no tuvo buena recepción, quizá por la temática; sin embargo, este tono europeo y el haber trabajado con Warren Beatty le permitiría a la postre, lograr algo histórico.

Beatty no era bien visto en la industria, había tenido más fracasos que éxito, sentía que su carrera caía antes de despegar. Decidido a cambiar esto buscaba un gran proyecto, uno que llegó a través de François Truffaut quién lo contactó con Robert Benton y David Newman, guionistas embriagados por la nueva ola francesa habían adaptado la obra Últimos cien días de John Toland,sobre unos famosos ladrones de bancos del suroeste de EE.UU., Bonnie Parker y Clyde Barrow.



La moral soberbiamente ambigua, los personajes más que clarobscuros, el sabor francés (sin contar un ménage à troís que fue sacado) hicieron que el guión, ya propiedad de Beatty, fuera rechazado por cada director al que se le ofreció. Hasta que los guionistas dijeron que Arthur Penn era el ideal para el trabajo, los había impresionado su intento de cine de autor con Acosado, a caballo entre lo americano y lo europeo.

En esa época Penn llevaba casi dos años sin filmar, refugiado en el teatro. Beatty lo convenció con insistencia, pero sobre todo porque ambos compartían un sentimiento de revancha: debían demostrar que eran más buenos de lo que les habían permitido ser, mejores de lo que todo mundo creía.

Así Arthur Penn acaba dirigiendo Bonnie and Clyde(1967), su influencia fue inmediata: la mayoría de los actores procedía del teatro y la televisión, eran rostros nuevos de gente normal, necesarios para lograr afinidad; opto por filmar en Texas para escapar del yugo del estudio; impuso una iluminación suave, una fotografía sagaz y afianzó el guión evitando que la revuelta fuera demasiado explosiva y fracasara haciendo del protagonista (Warren Beatty) un impotente en vez de un bisexual (homosexual implícitamente), pues ya tenía bastante con matar, robar bancos y escapar de la ley como para lidiar psicológicamente con eso.


En cambio, dotó a la película de acción y violencia. Sembró trasgresión e insolencia con humor, desenfado, malicia e ironía en un medio (aparentemente) estable, macizo y serio. Esto hacía más creíble la violencia, y en cierto punto hasta atractiva (“We rob banks”) pero nunca gratuita, pues Arthur Penn lo entendió bien y lo expresó mejor:
“Estamos en la Guerra de Vietnam, esta película no puede ser inmaculada, higienizada, nada de bang–bang, es jodidamente sangrienta”.
Cinematográficamente lo explotó sobre todo, omitiendo un corte. Fue la primera vez que en una misma toma se veía el disparo y su efecto, la caída de la víctima acribillada, muerta. Con esto ya tendría en vilo al público, pero fue más allá, con la escena final, su afamado clímax: sonrisas, emboscada, ojos de sorpresa, de miedo, mirada de amor, quizá una despedida, Bonnie y Clyde (de blanco como novios frente al altar de la muerte) cayendo en cámara lenta, sacudidos por una tormenta de balas, muriendo; un silencio atónito; fin.

Vea el final

Y nada volvió a ser igual. Bonnie and Clyde ayudó al cambio de un Hollywood anquilosado hacia una Nueva Era arriesgada, inmersa en una revolución más que sexual. En sucesión de estrenos y re–estrenos logró ser una de las más taquilleras, apreciada por el público y la crítica (que tuvo que corregir sus malas notas) se instaló en la cultura popular: la boina de Bonnie (la sensual Faye Dunaway) impuso moda, y hasta hoy son muchas las referencias y reelaboraciones: The Simpsons, Big Fish, Pulp Fiction, The Godfather, Natural Born Killers…

Insisto, linaje es destino; hijo de un relojero este gran director supo ser puntual entre la introspección y el furor, el arte y el espectáculo, entre lo europeo y lo americano, el cultivo del género y la innovación, entre el uso de la violencia y el reflejo conciente de su época. Es decir, sin Arthur Penn, sin su Bonnie and Clyde, el cine no sería lo que fue, lo que es, lo que será...


Enrique López T.

martes, 20 de septiembre de 2011

La Esencia del Hombre (2/6): El ángel

El Ángel de la Melancolía se pierde el presente, percibe fugazmente el pasado y no ve el futuro pues le da la espalda. Inmerso en la vorágine eterna y con los pies hundidos en la arena observa una sola devastación, total e irreversible, que no puede parar y que sin tregua produce cadáveres y ruinas en masa. Trata de evocar lo perdido en su éxtasis espiritual, pero no puede: Primero, porque las cosas muertas no tienen salvación. Segundo, porque el pasado es una instantánea irrepetible. Tercero, porque lucha contra ese gran viento cósmico que lo lanza irremediablemente hacia el futuro, que todo lo borra, que todo lo destruye. Recuerda o cree recordar de un sueño que el viento nació en el instante mismo en que en el Jardín una sombra simiesca se irguió sobre sus patas traseras y empuñó un utensilio. Ese viento imparable, esa fuerza incontrastable —lo ha dicho el profeta Benjamín— es el progreso y su rumor lo cubre todo, incluso al Paraíso.


Enrique López T.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

DeuxSang(2): Crying time

I.
Llovía, hacía frío… y tú y yo escuchábamos a Ray Charles en tu tornamesa preferida, tendidos sobre la alfombra que aún olía a fresas salvajes con orlas de un himno alto y mojado. No había palabras, sobraban. Y el aire se nos había terminado en el primer vaso de vodka endulzado en tus labios. Sonreías… y en tu sonrisa trataba de adivinar el inicio de la eternidad fugitiva pero sólo advertía el significado de la vida. Te acurrucaste en mí mujer como un mirlo rojo, como un corazón que guarda un auténtico milagro. Quería pensar en el mañana, pero sólo tenía una hebra de fuego entre mis manos. De pronto sollozaste, dos hilos de lágrimas manchaban el naranjal de tus mejillas… Ray cantaba… “Crying time”

II.
– ¿Qué ha sido de Todo y lo demás?
Se quedo en la orilla, riendo.
– ¿¿Y nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros??
Nosotros continuamos la vagancia.
– Tristemente no todos somos dioses.
– Quizá.


E.L.T.

martes, 13 de septiembre de 2011

Tres (2): Cowboys.

Allá están esos solitarios que viven a un lado del camino.
Ahí están esos solitarios que se confunden con el paisaje.
Acá nos han defendido. Allí se marchan nuestros héroes.



Enrique López T.

martes, 6 de septiembre de 2011

La Esencia del Hombre (1/6): El misterio

Nadie sabe realmente cómo pasó, sin más los sistemas enloquecieron: cada cosa, artefacto, ciudad, robot, androide… asesinó a cuantos pudo. Luego se autodestruyeron en una amarga recuperación de la conciencia. Las elites tecnificadas con sus artilugios de avanzada y los que vivían en las ciudades fueron los primeros. Luego el resto de la ya de por sí minada población, pocos sobrevivimos ajenos a los entes con cerebelo positrónico. Pero al final, su destino será el nuestro. La humanidad está condenada a desaparecer ahora que no hay métodos, máquinas, aparatos, ni expertos para lograr la reproducción. La cura del SIDA produjo una infertilidad providencial que festejamos como nuestra auténtica liberación, vaya que la idiotez es militante. El cuerpo humano será la tumba del Hombre. La muerte nos observa y vemos de frente a la muerte. Un gran viento de desesperanza nos borra, vivimos cada día nuestra extinción. ¿Quién leerá nuestro epitafio y qué dirá?


Enrique López T.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Extra(3): Inconexiones (1)

  • En la esquina noroeste del cielo, hay un famoso establo de nubes hechas para el combate cuerpo a cuerpo. Insólitamente toda la camada de hoy salió con la guardia zurda.
  • Sé que he de irme al Infierno, no hay otro destino para mí, al menos me voy cruzando sucesivamente las puertas de Cielos que nadie visitará en mucho tiempo.
  • El mejor lugar para poner el alma es una grieta de profundidad insondable, un territorio sólo para Dios donde reine el mismísimo Diablo.
  • Sigo buscando, buscaré hasta el último día en que cruce la última puerta, busco algo así como la perfección, todo se reduce a si las partículas de luz son bosones perfectos.
  • No creo que uno sea lo que busca, uno realmente es el hambre de lo que busca, encontrar pertenece a otra camada de nubes, los cruzados de zurda por hoy se acabaron. 


 E.L.T.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Cine: El Gran Allen o Woody es una fiesta móvil

Jazz, liviandad, alcohol del bueno y del otro, affairs, ideas, risas, discusiones, juego, cigarrillos, frenesí, ambiente, opulencia, ocio, virtuosos, arte, pasión… esplendorosa decadencia… los locos años veinte eran una fiesta constante, llena de todo y más.

Medianoche en París está colmada de este mismo espíritu, de esa impresionante conexión entre la vida y la obra del artista con su época. Porque, qué otra cosa es Woody Allen sino una terrorífica coherencia entre sus obsesiones, sus gustos, su existencia y sus películas. Una vez más le rinde homenaje a sus mentores, a la literatura, al jazz, al cine mismo… una vez más explota su temor por la muerte, la insatisfacción, la nostalgia, la ficción enclavada en la realidad y sin embargo… Pero antes de embarcarme en mis devaneos, veamos de qué va la película:

Gil (Owen Wilson), un guionista hollywoodense, está de visita en París con su prometida, Inez, y sus suegros preparando la boda. Ella (una atractiva y convincente Rachel McAdams) es una castradora, obsesionada por imponerle un estilo de vida “sofisticado” que él no quiere. Gil es el típico escritor que ve en París el detonante y el medio ideal para cuajar su primera novela, reflejo ¡claro! de su búsqueda existencial. Por algo será.


Una noche Gil, ebrio y ya en estado de desencanto, opta por caminar por las calles de París mientras Inez acompaña a Paul, un ridículo y pedante seudo–intelectual, a bailar. Gil vaga por las calles solitarias, llega a un cierto sitio con escalinatas, se recuesta… suena la medianoche y entonces se produce la magia… sí, como vil Cenicienta. 

Aquí me detengo para destacar el talento del neoyorquino para convencer ‘naturalmente’ de que lo que está sucediendo (no importa que tan absurdo e inexplicable parezca) no sólo es real sino fidedigno.

Por la izquierda se acerca un automóvil, antiguo, y sus ocupantes llaman a Gil y de buenas a primeras ya está en una fiesta de época. Ahí se encuentra con una joven llamada Zelda, que le presenta, nada menos que a ¡Francis Scott Fitzgerald! mientras Cole Porter canta “Let’s Do It Let’s Fall in Love”.


Luego los Fitzgerald lo llevan a una taberna donde encuentra a Ernest Hemingway, medio ebrio y repartiendo grandes lecciones de escritura y honestidad (un claro recargón contra F.S.). Gil le pide leer su manuscrito pero se niega, “porque si es malo lo odiará y si es bueno lo odiará más”, aunque accede dárselo a Gertrude Stein (!).

La noche siguiente en casa de Gertrude conoce a Pablo (Picasso) y a su modelo–amante Adriana, Gil acaba prendándose de ella (una siempre dulce y sutil Marion Cotillard), pues encarna el encanto de la época, es la razón ideal para quedarse en el pasado (pues de algún modo intuimos que es posible) sobre todo cuando su “relación” con Inez es cada vez más distante.


En sus correrías nocturnas Gil encontrará a más personajes, los guiños son infinitos lo mismo se oye a Josephine Baker cantado “La Conga Blicoti”, o se puede “comprar un Matisse por 500 francos”. Las referencias a estos personajes legendarios no es un mero ardid, hay sustancia en este armazón, van descubriendo y organizando la trama:

La clara antipatía de Hemingway por Zelda, se debe más que a la supuesta competencia artística con su esposo, a que ella tuvo un affaire con un piloto francés… por eso F.S. corre a buscarla cuando se va con el español; desde aquí se anticipaba el engaño de Inez, pero Gil parece dejarla cada vez más libre… no como F.S. (con quien parece identificarse más Gil o el propio director). 

Y ese español, con quien también llega abrazado Hemingway y ante el cual declara su clara desventaja en los terrenos del valor (y el amor), no es otro que el torero Juan Belmonte, el mismo que aparece en: Muerte en la tarde y Fiesta. Hemingway parece advertirle a Gil que no siempre el mejor (o el peor) se lleva a la chica, olvidar la tragedia personal (otro recargón contra F.S.) es servirse de ella, superarla para dejar de verse el ombligo.


Una de esas noches Gil conoce a T.S. Eliot y tiene el buen tino de decirle “Prufrock es mi mantra”. The Love Song of Alfred J. Prufrock versa sobre la angustia literaria (y existencial), la insatisfacción, la conciencia y su (re)flujo, la dificultad de declararse y el miedo al compromiso, todo lo cual le viene bien a Gil y por añadidura al propio Woody Allen, aunque ya no tanto.

El episodio con los surrealistas es hilarante, empieza con Salvador Dalí (DA-lí) y su obsesión con los rinocerontes, lo que sugiere la anécdota con The Lacemaker de Vermmer en el Louvre y la película de Descharnes. Luego se unen Luis Buñuel y Man Ray. Gil les explica “seriamente” su situación, pero Man Ray está encantado con la idea de esta torsión amorosa–temporal, y Gil le replica: “Claro tú eres un surrealista, yo soy un tipo normal”. En muchos sentidos la película es surrealista.

También es divertidísima la escena donde Gil le da a Buñuel la idea para El ángel exterminador (una serie de personas reunidas no puede salir de un lugar por razones desconocidas) y Buñuel no lo entiende y no lo entiende, ese es el discreto encanto del artista anticipado a su tiempo. Y así podíamos seguir y seguir hablando de estas señales puestas en el camino…


Alguien me decía que era una cinta snob, y no pude refutarlo del todo, es cierto que entre más referencias tengas sobre la cultura de esa época y otras, puedes reconocer más guiños, pero de cualquier modo es una buena película, entretenida a pesar de que no tiene un nudo incisivo deseas llegar al final y saber qué pasará, lo intuyas o no.

En todo esto, hay que reconocer la capacidad que tiene Woody Allen para jugar tenis en ambos extremos de la cancha: por un lado puede incluir el más abstruso de los datos y por el otro burlarse de ello, evidenciar el snobismo y sus ridículos (en esta ocasión usando a la bella Carla Bruni, que tira el cuadro con su presencia). Sobra decir que me gustó la película. Y me gusta más por su bordado sobre la existencia:

Woody Allen hace que el cine devele el carácter estático del tiempo, con esos fuera–de–tiempo siendo vigentes y confluyendo, dibujando una línea psicológica que se tuerce. A la par hace que el deseo sea una apertura y no una presencia de sí a sí, cerrada, esto es, permite elegir, salir del pasado… porque no importa que tanto se tenga nostalgia, como todos, Gil siempre vive su presente (ahí está su novela como ancla), la forma en que se vive hace la diferencia, a fin de cuentas siempre estamos A este lado del Paraíso.


Me asombró que Hemingway sea más decisivo para Gil, pues el director neoyorkino siempre ha sido más afecto al flapper–y–filósofo que al cazador, pero es él quien hacia el final le revela que no es posible que el protagonista de su novela de nostalgias–futuras no sepa del engaño de su mujer, lo saca de su propia negación y eso acaba por resolver la visión sobre su existencia.

Si Hemingway es vitalista, Fitzgerald es elegíaco… por ello le pertenece la referencia que domina la película y que ni siquiera se insinúa, según yo es la póstuma Crack–up, una serie de piezas sobre el silencio y el sentimiento después de una bacanal, ya cuando la reverberación del choque de las copas es más espaciado, suave y taciturno (como el fin de la propia cinta).


Al final Gil regresa y abraza su hoy. Al final Woody Allen apuesta por el presente. Pero sobre todo por el «futuro nuevo», esa perseverante construcción basada en la inminencia. A pesar de su devoción por los locos veintes, por la era del Jazz, por su encanto y ebullición artística sabe que hubo un final de la fiesta marcado por una cierta decadencia punzante, esa de la que la Generación Perdida fue presa, esa de la que quiere escapar Adriana al quedarse en la Belle Epoque. Pero huir nunca ha sido la respuesta.


Woody Allen sabe… y Gil acaba comprendiendo que: cada quien ha de vivir su propio final de la fiesta y esa sólo se vive en el presente que incluye toda esa espesura de futuro. Se debe vivir en la atención del mundo presente y en atención al presente del mundo

Así, un paseo descuidado puede llevarnos a una juerga en un mundo excepcional en el pasado y regresarnos al presente con un entendimiento distinto de nosotros mismo en el hoy y en el futuro, eso señoras y señores es el cine, una de sus máximas aspiraciones y del arte todo.

Si no me gustará tanto la lluvia y caminar en ella, diría que me hubiera gustado un final más en el aire, más desconcertante… pero Woody Allen ya puede darse el lujo de ser sentimental. Algo tiene el hecho esencial de caminar bajo la lluvia, un acto de purificación y de resistencia, que no está nada mal.


Al final ha hecho un gran homenaje, más espiritual que urbano a la Ciudad Luz. París representa la juventud, cierta altitud de vida… Hemingway lo dijo mejor en París era una fiesta: 
Si tuviste la suficiente suerte para haber vivido en París como un hombre joven, entonces dondequiera que vayas, para el resto de tu vida, se quedará contigo, porque París es una fiesta móvil.
Al final el legendario director se rinde ante París y sus habitantes, que siempre han estado ahí para recibir muy bien su obra, como lo menciona en alguna de sus películas no tan buenas. Y con éste entendimiento cierro con esta apuesta: 

Woody Allen con Medianoche en París ha hecho suya hasta la última letra esa frase de Oscar Wilde que dice:
Cuando mueren los buenos estadounidenses, van a París.

Enrique López T.
Petit coeur rouge et peur, tu es mon Paris