El demonio de la depresión es aceitoso, oscuro, lento… rencoroso. Los primeros minutos de The Beaver retratan con lujo de detalle y metáfora el trabajo de este ‘diablo ahogador’ sobre un hombre al que ha hecho “irremediablemente infeliz” en “luto perpetuo” porque “no importa qué haya intentado, lo ha intentado todo”.
La asociación religiosa no es fortuita, sobre todo si se trata del regreso actoral de (un grandioso director como) Mel Gibson, a favor y en contra, un auténtico creyente, obsesionado con el Mal en el mundo y con el sufrimiento, en fin un ser humano que en esta cinta ha encontrado, ojalá, una forma de exorcizar sus propios demonios y sino, para qué se hacen las películas.
Quizá en el fondo la vida no sea la búsqueda de la felicidad, sino el hallazgo de un pequeño consuelo que nos permita continuar día a día. Walter Black lo encuentra en la forma de un títere que se le presenta así: “Soy El castor y estoy aquí para salvar tu maldita vida”. Y efectivamente, se convierte en ese paliativo que le permite volver a funcionar en un mundo interior y exteriormente adverso, vía una franqueza algo bestial consigue conectarse de nuevo con su mujer y con su hijo menor, logrando además un éxito comercial con “un trozo de madera, una sierra y un poco de charla”. Diríamos que gracias a El Castor rescata su vida secuestrada por el demonio de la depresión… otro triunfo fácil para el espíritu humano… No. Creo que no.
The Beaver no es la cursi película hollywoodense del montón. Jodie Foster ya dio muestras de su singularidad como directora y ésta no es la excepción. Hace gala de una efectividad asombrosa: la voz en off del castor nos presenta inmediatamente a Walter en términos de su depresión: “lo que hace principalmente es dormir”; luego en el borde del suicidio nos convence de la «realidad» del castor como la solución efectiva “por que soy el único que real–realmente sabe como te sientes” y hacia el último tercio de la película se atreve a “demoler toda la maldita estructura” haciendo una crítica de la sociedad a medio camino entre la depresión “es una mancha obscura…”, el espectáculo “parece que a la gente le gustan las desgracias”, el consumismo y la miseria. Lo que la directora nos presenta es al ser en límite, y los bordes son de suyo peligrosos.
De nuevo la palabra clave es consuelo, irremediablemente me remite a los cátaros y en general a estas sectas de cristianos exigentes y críticos de principios del siglo II, que tomaban para sí el modelo de vida de los apóstoles, y cuyo único sacramento era el Consolament, más allá de un bautismo del espíritu por imposición de las manos, era una revelación:
cuando se comprende la banalidad de todo, cuando el mendigo rechaza la limosna porque es más rico que el rico, cuando la palabra del clérigo pierde todo sentido porque cada cual tiene en sí mismo un consuelo más alto, entonces el ser se libera… pero y si no llega tal consuelo o el consuelo no es tal, entonces demonios peores se apoderan de todo. Y es que no todos tenemos la fuerza para ser estoicos o santos, sobre todo ante una fatalidad neuroquímica.
Hay más, racionalistas ante todo en su afán de explicar el Mal, los cátaros creía que la Creación era obra de un dios maligno, de Satanás, príncipe de este mundo y señor de este tiempo… y precisamente El castor se revela como eso, un demonio peor que construye un mundo falso y lleno de mal, a costa de lo que realmente le importa a Walter, su familia. Para colmo el demonio no es ajeno, sino que forma parte de su psique, la ruptura psicótica puede ser peor, y lo es, por eso la pelea entre estos dos que es uno, impacta y da vuelta a la historia y a la alegoría.
La agudeza de la película está en advertirnos que el simple consuelo, a veces, no es suficiente. Que necesitamos otra cosa aparte de un sustituto en el cual depositar toda nuestra fe porque la fe tiene sus trampas. La película es por sí misma más profunda de lo que pudiera parecer y más cruda, por ejemplo, no creí que se atreviera a «separar los alter–egos», ahí fue cuando gano mi deferencia y justo en ese punto logra emplazar un silencio que le da otra tesitura.
Incluso la historia del hijo mayor que durante casi toda la cinta es vacilante (reflejo y repetición del destino del padre) sirve para coronar muy bien el final, técnica de gran directora, igual que las primeras tomas de extraña belleza (la piscina vaporosa, los rostros multiplicados, la ternura podrida de la ciudad nocturna, la oscuridad del zapato…) dan intención a cada planteamiento y finalmente logra una obra sólida llena de detalles (el mal hereditario, el bullying, la pavorosa presencia de la TV para el deprimido, las reflexiones de El Maestro y el pequeño Saltamontes, el desconsuelo asiático, el circo de los medios de comunicación, el consumismo, el éxito pasajero, el perdón, la ingeniería de montañas rusas…), todo cabe.
Como actriz Jodie Foster apuntala muy bien ésta pantomima de intenciones, siendo el nudo entre los diversos relatos confluyendo. El resto del elenco cumple a cabalidad. En suma está muy bien dirigida, su mayor acierto sin duda (más allá de la amistad entre estas estrellas) fue no darle el estelar a Jim Carrey, hubiéramos tenido otra película, más en la orilla de lo frenético.
Hay más, racionalistas ante todo en su afán de explicar el Mal, los cátaros creía que la Creación era obra de un dios maligno, de Satanás, príncipe de este mundo y señor de este tiempo… y precisamente El castor se revela como eso, un demonio peor que construye un mundo falso y lleno de mal, a costa de lo que realmente le importa a Walter, su familia. Para colmo el demonio no es ajeno, sino que forma parte de su psique, la ruptura psicótica puede ser peor, y lo es, por eso la pelea entre estos dos que es uno, impacta y da vuelta a la historia y a la alegoría.
La agudeza de la película está en advertirnos que el simple consuelo, a veces, no es suficiente. Que necesitamos otra cosa aparte de un sustituto en el cual depositar toda nuestra fe porque la fe tiene sus trampas. La película es por sí misma más profunda de lo que pudiera parecer y más cruda, por ejemplo, no creí que se atreviera a «separar los alter–egos», ahí fue cuando gano mi deferencia y justo en ese punto logra emplazar un silencio que le da otra tesitura.
Incluso la historia del hijo mayor que durante casi toda la cinta es vacilante (reflejo y repetición del destino del padre) sirve para coronar muy bien el final, técnica de gran directora, igual que las primeras tomas de extraña belleza (la piscina vaporosa, los rostros multiplicados, la ternura podrida de la ciudad nocturna, la oscuridad del zapato…) dan intención a cada planteamiento y finalmente logra una obra sólida llena de detalles (el mal hereditario, el bullying, la pavorosa presencia de la TV para el deprimido, las reflexiones de El Maestro y el pequeño Saltamontes, el desconsuelo asiático, el circo de los medios de comunicación, el consumismo, el éxito pasajero, el perdón, la ingeniería de montañas rusas…), todo cabe.
Como actriz Jodie Foster apuntala muy bien ésta pantomima de intenciones, siendo el nudo entre los diversos relatos confluyendo. El resto del elenco cumple a cabalidad. En suma está muy bien dirigida, su mayor acierto sin duda (más allá de la amistad entre estas estrellas) fue no darle el estelar a Jim Carrey, hubiéramos tenido otra película, más en la orilla de lo frenético.
Celebro que esta película sea la que es y no otra, no carece de momentos de franca hilaridad y de humor incómodo, el mejor de todos; incluso tiene el valor de reírse del propio Gibson hincado y flagelándose… en un mundo cada vez más políticamente correcto, eso se agradece. Y es que Mel Gibson borda muy bien ambos papeles, mantiene el acento y la mímica de El castor y de Walter, separa ambas personalidades, nunca las traslapa; además trabaja espléndidamente con el títere, le construye un espacio libre pero siempre colindante, se apoya en él sobre todo en los momentos de introspección que le dan profundidad y estilo a la cinta, hacia el final logra el cometido de la película: correr la cortina, develar.
Ésta es la médula de la película. ¿Es sobre la depresión? Por supuesto. ¿Es sobre encontrar el consuelo adecuado? Creo que sí. ¿Es sobre las trampas de la fe? A eso le apuesto. Pero ante todo es sobre saber como enfrentarse a la enfermedad, sobre saber abandonar los consuelos, sobre romper con las ilusiones, desligarse de la fe perezosa, y sobre el proceso de llegar a ser lo que uno en verdad es.
Una de las grandes líneas de la película establece: “la tragedia es nuestro derecho”, y es verdad, el valor de cada hombre se juzga conforme a su más íntimo infierno, pero también es un derecho intentar y superar cada trance, podríamos entender la inutilidad de todo, pero también hay que entender que lo que hacemos de nosotros mismos, permanece.
Ésta es la médula de la película. ¿Es sobre la depresión? Por supuesto. ¿Es sobre encontrar el consuelo adecuado? Creo que sí. ¿Es sobre las trampas de la fe? A eso le apuesto. Pero ante todo es sobre saber como enfrentarse a la enfermedad, sobre saber abandonar los consuelos, sobre romper con las ilusiones, desligarse de la fe perezosa, y sobre el proceso de llegar a ser lo que uno en verdad es.
Una de las grandes líneas de la película establece: “la tragedia es nuestro derecho”, y es verdad, el valor de cada hombre se juzga conforme a su más íntimo infierno, pero también es un derecho intentar y superar cada trance, podríamos entender la inutilidad de todo, pero también hay que entender que lo que hacemos de nosotros mismos, permanece.
Enrique López T.











