martes, 26 de abril de 2011

Innerestimme (1): Comediantes

— “Tapa esa gotera y duérmete que ya las bestias andan por las calles ruidosas”.
— Todas las bestias saben que es preciso dormir y no soñar con el abril de los patriarcas, y que en cambio hay que buscar las adoraciones escondidas.
— “Así que ya duérmete y procura visitar las cárceles, tal vez ahí esté tu sombra”.
— Adonde quiera va «la aventura de encontrar lo que uno es y sacrificarlo para conseguir la gloria vana o la seguridad sobre el abismo», salir a buscar no tiene sentido ahora, la aventura vendrá sola.
— “Duérmete y ya no hagas reír a lo dioses”.
— Quizá pueda hacerlos encolerizar o derramar llanto, pero no puedo hacerlos reír. Son los dioses los verdaderos comediantes y son extremadamente rudos en sus rutinas, ellos mismos son la peor de sus bromas...
Enrique López T.

martes, 19 de abril de 2011

Cine: The Ten Commandments y Cecil B. DeMille

Una de las más «grandes escenas» de The Ten Commandments de 1956, es la salida de Egipto, el principio del Éxodo. Frente a la cámara aparecerían entre 50 y 80 mil personas, lo que requirió una gran planificación. La noche anterior hicieron venir a los ciudadanos y elementos del ejército egipcio, en camiones desde El Cairo para ser caracterizados. También trajeron animales, desde camellos, mulas, caballos, hasta perros, y en general las mascotas de los extras.



La secuencia se iba a filmar durante todo un día en tres tomas: la primera en la mañana, la segunda a mediodía y la tercera por la tarde. Para ello, se montaron 3 cámaras: una a ras de suelo para el close–up, otra alejada para las tomas de plano medio que tenía como punto de referencia las esfinges, y la tercera en la cima de una colina como a medio kilómetro para el plano más amplio.

Empezó la escena. Todos comenzaron a pasar, hombres, mujeres niños, carretas, camellos, borregos, gansos... Se usaron rollos de 300 metros, los más largos para dar continuidad a la escena. Luego cortaron...



El director Cecil B. DeMille se dirigió al encargado de la cámara del close–up y le pregunto “¿Cómo salió?” Y éste le respondió “Sr. DeMille tome tal vez unos 50 pies... 100 pies máximo. Pero luego se cayó un camello delante de la cámara y no pude levantarlo. Tuvimos que cortar porque no estábamos tomando nada”. Y DeMille dijo: “Eso es muy malo”.

Luego le grito al tipo de la cámara del plano medio “¿Qué hay de ti, Tom?” Y le contesto: “Sr. DeMille es la primera vez que me pasa en la vida pero el asistente no ajusto los lentes y no tengo nada”. Y DeMille dijo: “Malo, eso es muy malo”.

Entonces tomo su micrófono y le grito al camarógrafo de la colina “¿Fred y tú?Y el tipo dijo: “¡Cuando gustes arrancamos CB!”...


ELT.

martes, 12 de abril de 2011

Cine: Winter's bone: la médula y el honor.

Más allá de las ciudades, sus altos edificios, sus sueños de glamour y alta cultura, más allá incluso de los barrios pobres anclados en sus costillares que sobreviven exprimiendo el derroche de la abundancia, allá en la médula misma del país: hay patria, recóndita, trabajosa y no menos verdadera de lo que creemos al amparo de nuestro desarraigo. Winter’s bone (Invierno profundo, 2010) muestra ese país que también, o sobre todo, es EE.UU., una tierra baldía pero que, aún noble y generosa, brinda una seguridad mínima para la supervivencia del día a día, que no es poca cosa.



«Algo» tiene el cine gringo para ver por sobre su propio hombro dentro del «alma norteamericana», constantemente y de forma valiente, calmada, impetuosa.
Ésta película lo demuestra. A pesar de que es bella no deja de ser cruda, ni sacrifica un miligramo de intensidad. A pesar de que vemos una miseria que a veces aflige, no produce asco, si bien el medio es sórdido deja entrever un brillo, un resplandor perdido, un cierto encanto que apunta hacia un horizonte, lejano sí, pero posible. (Ojalá el cine mexicano aprenda algo en sus tentativas por parecer “profundo y realista”).

Con todo el filme adaptado y dirigido por la muy notable Debra Granik no es moralina, no vende pregones baratos sobre la familia o el esfuerzo, sólo los trata con ferocidad y honestidad. Es álgida: duele el frío, punza el silencio, acecha el hambre, llega a partirte el corazón, solidifica una prórroga y ofrece una panorámica de la vida en los Ozarks, en medio de la nada, en medio de una derrota en curso. Entonces al ser tan provincial es genuinamente universal, pero la distingue el tratamiento sutil e inteligente, hay algo de México en ella (más allá del tema de las drogas), Rulfo y Yáñez podrían estar de acuerdo, y lo mismo se puede decir de otras tierras, ese algo (universal) es como siempre, el factor humano.



Contra lo parezca Winter’s bone es una película de guerra, una cruzada. Trata sobre las batallas que Ree Dolly debe dar para encontrar el “santo grial”, que de un modo u otro, es su padre; la única solución al calvario, al desmembramiento que supondría perder su casa y sus tierras, sobre todo con una madre enferma, casi inútil, y sus dos pequeños hermanos. Pero nadie sabe dónde está o no quieren decirlo, alrededor de todo el asunto hay una barrera difícil de superar, pues las líneas enemigas las conforman extraños parientes, familia política, pero familia al fin y al cabo. El único que parece saber es el patriarca del lugar, pero como en las tribus más arcaicas, es inaccesible sobre todo para una mujer.

Ree, gloriosamente interpretado por la preciosa Jennifer Lawrence, es uno de los personajes más admirables que he visto últimamente, contrasta candidez con arrestos, apacibilidad con tesón, belleza con debilidad, y coraje con valor, es complejamente humano. Desea entrar al ejército, no sólo por que ve en la paga y en la distancia una forma de salvación a corto y largo plazo sino porque tiene conciencia del futuro, porque deja ver su espíritu combativo, su alta conciencia del cuidado de su familia. Vamos, incluso en su cobardía es valiente y posee honor, no sé si superior, pero sí distinto al viejo decoro gansgteril de la comarca, ese que no perdona a los traidores, pero que sabe reconocer el valor. Para mí, es el valor pero sobre todo el honor, el engranaje de la película.



Honos, antiguo dios (grecolatino), procuraba la valentía a los a guerreros en batalla: es él quien da a Ree el brío para ir y enfrentar a los hostiles que son su “propia gente”, y le costará más que heridas o muelas, el dolor gélido de tomar la solución en su manos, porque finalmente quiere a su padre, él la amó y le enseño a sobrevivir como ella a sus hermanos, pero sus hermanos están vivos como su madre y ella, entonces hace lo que tiene que hacer. También Honos designa el otorgamiento de las tierras ganadas en la batalla y por Dios, que Ree se ganó esas tierras, hasta el fiador lo reconoce, y otorga una ofrenda a la amazona. La victoria es pírrica, pero lo vale.


Porque entre ésta “basura blanca” hecha a violencia y desagravio, hay decencia y dignidad. Ree advierte a sus hermanos (teniendo hambre incluso): «Nunca pidas lo que deberían ofrecerte» [voluntariamente]… pero también hay solidaridad entre ésta gente, comparten los frutos que la tierra yerma provee: un exquisito venado que hay que disfrutar hoy pues habrá épocas en que no coman ardilla, sino vísceras de ardilla. Genialmente la película ni repudia, ni glorifica la pobreza, es este el factor humano al que me refería anteriormente, el que a base de lucha quiere salir de su trampa y mantener lo que vale la pena.



El elemento emocional es vasto, pero también está el artefacto de crítica: como que la mujer es quien preserva el anquilosado patriarcado y que en realidad éste es más un matriarcado en acción velada; que el asunto de las armas —su licencia o prohibición— es más complejo que lo que los «demócratas» pueden entender desde sus escritorios lustrosos, pues aún hay dominios salvajes en las que son básicas para sobrevivir; que el problema de las drogas además de ser negocio, también toca un nervio unido a la decepción del estilo de vida americano. En suma, que el mundo es más complejo y arduo al caso por caso y en conjunto.

Y no obstante hay destellos de felicidad cotidiana, de ponis saltando, de muñecas, de perros, de juegos en el patio, de abrazos y afecto. El final de la película es colosal, deja entrever un horizonte apto para el futuro, y dado que te comprometiste con los protagonistas deseas que más allá del tiempo de la película y la novela les vaya bien, pero sabes que no todo será felicidad y asado de venado, el honor dicta cobrar cuentas pendientes y eso supone más muerte. Pero antes hay tiempo para una dosis de familia, nostalgia y banjo. Preciosa película.

Incluso tiene la virtud de apuntalar mi confianza en los Oscares, si la nominaron como Mejor película no está todo perdido para la banalidad. No exagero al afirmar que es un triunfo mayor para las películas y el circuito independiente, incluyendo Sundance, para la autora de la novela homónima Daniel Woodrell, que espero leer pronto, y para el Cine mismo que sigue fascinando incluso con tierras baldías y frío.

Mucho lamenté que se haya estrenado en México después de la entrega del Oscar, con el corazón hubiera apostado por ella, aunque bien sabía que el rey ganaría de cualquier modo. Especialmente le tocó una mala semana, la mayoría de la crítica y el público se volcaron sobre una supuesta censura, y pasó casi desapercibida. Y está bien, no creo en al apoyo de facto para el cine, cada quien debe dar las batallas que le tocan, ésta es la mía, y este texto perdido habrá de ser un testimonio de mi fe hacia ésta clase de películas: el frío baja, lucha otra jornada, la neblina asciende sobre la noria, el agua te quemará de tan sepulcro que es, toma el destino en tus manos confiscadas, y continúa tu vida, nadie conoce su valor hasta que su valor le da triunfo y belleza.


Enrique López T.

lunes, 4 de abril de 2011

Narra (11): Yona

Yona quiere conocer el mar. Pero a Yona únicamente lo llevan al frío, dicen que sólo así mejorará su salud y sólo así se curará de tener los ojos amarillos, como gato. A Yona le gustan los gatos negros porque asustan a sus nonas que solamente lo llevan al frío y le dan leche con ajos molidos. Y es que a Yona solamente le gusta el pan de ajo con miel y nueces que su tío Yelnick le lleva en sus visitas los días cercanos al fin de año. Pero a Yona les gustan más los juguetes de madera que su mismo tío Yelnick hace para hijos que tuvo, pero que ya no tiene. Yona sabe que murieron en la misma época en que él enfermó de fiebre, esa que lo hacía temblar más que los engranes de los juguetes que su mismo tío Yelnick le ha regalado en las Navidades, y que también por ese mismo entonces se le pusieron los ojos amarillos como de gato. Con todo, a Yona le gusta tener sus ojos porque ya nunca se tropieza y en la oscuridad puede verlo todo y encontrar lo que otros han perdido. Sin embargo, a Yona no le gusta encontrar a su mismo tío Yelnick llorando bajito, mientras ve los libros con fotografías que una de las nonas tiene en su cuarto. Entonces Yona va y abraza a su mismo tío Yelnick en una pierna, y lo hace muy fuerte para sacarle todas las lágrimas que le quedan, que deben ser bastantes pues cada año con él regresan. Luego Yona sabe que su tío le acariciará la cabeza, fingirá estar alegre y saldrán al patio a jugar muy contentos con un caballito de madera que le hizo el año pasado. Más que conocer el mar, a Yona le gustaría ser el hijo de su mismo tío Yelnick, así no lo vería sólo cada Navidad, podría aprender a hacer juguetes, se acompañarían mutuamente y él dejaría de llorar... quizá para siempre.


Enrique López T.

viernes, 1 de abril de 2011

Pazzo (7): Diferencia

Tenemos las ventanas abiertas y aún así no se ha caído el cielo.
Recuerden que mi locura me permite distinguir entre una tormenta, linda...
y el final de los tiempos.


Enrique López T.