La verdad yo escribo para participar, sin haber sido invitado, en la gran farsa que es la escritura; de éste perverso juego de apariencias, fantasmas y apostasía que resulta un consuelo para almas débiles o demasiado fuertes, que al fin y al cabo son lo mismo, inadaptados que escriben en un mundo práctico, que tiene preocupaciones más dignas que la de acomodar una palabra y lograr un efecto, un aplauso o incluso un premio.
Personalmente me gusta éste juego sin reglas y sin castigos verdaderos, me siento bien entre lo estéril, polvo del camino o polvo de oro si lo quieren. Algunos románticos dirán “un libro cambió mi vida” pero son los menos, el negrito en el arroz que debe ser separado para que la blancura triunfe a la hora de destapar la cacerola de las esencias. Eso del libro nunca lo experimenté, a mí me cambió la vida la pobreza y las decepciones.
Sólo los estúpidos o lo que ya lo son, quieren acabar con los ricos. Yo como todo pobre que se respete soñaba, sueño con ser uno de ellos, sentarme a su gran mesa, compartir sus alimentos, su alcohol, sus charlas, su decrepitud tan perversamente publicitada; y no hay ricos de más alcurnia que los escritores, aristócratas sin arcas ni título nobiliario, que se creen mejores que todos nosotros porque han logrado poner en palabras la sabiduría que procede de la calle o de Dios, pero nunca de ellos.
La mayoría acumula libros, encumbra sus recuerdos y glorifica sus experiencias por más comunes o ridículas que sean, en un juego de apariencias, de elevadores, de escaparates, de pintura dorada en spray que se le aplica a todo, esa es la principal materia prima y no la tinta negra aunque fluya como ríos, inútilmente.
Pero no creo, ni ustedes lo hagan, que somos distintos, sólo que yo sé reconocer mi insignificancia; ellos también son de una pobreza insultante y más desproporcionada, imagínense anhelan sentarse a la mesa de Dios y rozar la eternidad verdadera, porque sin importar cuantas palabras o premios acumulen su inmortalidad expira fácilmente.
Aún cuando escribo para resistirlos, no quiero su eternidad débil. Me conformo con tomar un lugar que no fue previsto para mí y con ser a veces la incomodidad, el constante fuera de lugar que toma a todos con los pantalones en la mano; me conformó con acabar con su circunspección de etiqueta, con consumir sus preciadas palabras y llevarlos al callejón sin salida de los golpes, y en ese terreno más de uno ha sabido quién soy en verdad.
Como les decía, yo escribo porque me gusta entrar a las fiestas sin ser invitado, y no he conocido gorrones de más presunción que los escritores de cualquier tiempo, de cualquier espacio.

Enrique López T.