martes, 6 de diciembre de 2011

Narra (14): Gansos salvajes (1)

Todo lo que realmente importa sucede en la madrugada: el nacimiento de mi hija, la muerte de mi abuela, mi herida de muerte, mi epifanía con el alcohol, el amor de Gabriela, los paseos diarios que me permiten dormir una hora más o dos, y los sueños que me dejan vivir, casi igual, un día o dos por encima del límite que previeron para mí y para el corazón que robé.

Amo las caminatas en la madrugada, paseos solitarios en las que la ciudad se deja ver desnuda, frágil, como una bestia mítica durmiendo el sueño de la atiborración después de haber devorado toneladas de carne fresca y no tanto, después de haber bebido en inmensos contenedores nuestras almas; pues yo sé bien que pagamos con nuestra alma y finalmente con nuestro inútil cuerpo, el placer de vivir en las ciudades.

Pero hoy no he salido y las calles deben estar extrañándome. Grandes copos de nieve, semejantes a plumas de ganso salvaje caen lentamente, bailando antes de depositar su levedad en el asfalto, al que alegran y acuchillan con la dulzura de una amante nueva. Caen y caen acumulándose en las entradas, en los rincones y por doquiera que uno alcance a ver. Sería fantástico que un ciego pudiera ver esto, sería fantástico que un ciego pudiera ver…

La habitación está tan silenciosa como el fondo de una botella vacía. La tibieza de la habitación me abraza mientras sigo mirando como caen los copos de nieve. Si tan sólo pudiera contarlos… pero es imposible, en ese aspecto son verdaderamente infinitos, lo he intentado y siempre, siempre de repente un viento aparece para desordenarlo todo: los levanta en una maraña y parece como si 2 gatos pelearán a muerte y las motitas de su pelaje arrancado a dentelladas y zarpazos se disparan en todas direcciones, arremolinándose junto con la sangre…

Antes cuando tenía mi propio corazón y por lo tanto mi propia sangre, salía a caminar ebrio por estas mismas calles —que justo ahora deben estarse preguntando qué habrá pasado conmigo y con mis pasos— caminaba a tropezones bajo copos tan parecidos a estos que juraría que son los mismos. Pero ya sé que no, que si no es posible con las aguas de un río menos con la levedad de ésta blanca ceniza de un volcán peregrino y helado. También es difícil creer que yo he cambiado.

Sí, me gustaba beber, cómo negarlo. Pero el alcohol, debo decirlo, nunca calentó mi cuerpo, sólo lo anestesiaba para no sentir las heridas abiertas por la helada del mundo, o por los madrazos que me daba en cada esquina o que me daban en cada cantina sólo por no tener dinero, pero sobre todo por gritar unas cuantas verdades que a todos incomodaban…

Puede que la verdad como postulado incomode, pero a tipos como el que yo era antes, eso no importa absolutamente nada; tampoco era que me ostentará como filósofo, gurú u otro dueño de grandes verdades, sino que yo mismo así con mis ojos viciados, mi ropa sucia y mi expresión vil, era una verdad que nadie soportaba; era yo quien irritaba con mi sola presencia, era un reproche vivo, el constante fracaso de esa misma humanidad que me aborrecía, una mala gana de ver el mundo que desde mí se notaba francamente asqueroso.

Pues lo que a mí me calentaba el cuerpo, la sangre, el alma y hasta el espíritu… era la decepción y el odio...





Enrique López T.