martes, 8 de noviembre de 2011

Diario (2): Tambores de guerra

Ésta mañana he visto el azul más azul de toda mi vida. 

El cielo estuvo despejado y las auroras boreales de anoche han dejado esta coloración pura que me estremece, pensé en tus ojos por supuesto, y fue una alegría que no he tenido en semanas. 

Al mediodía aparecieron algunas nubes dispersas. Un rato después se desató el viento. Hacia las cuatro de la tarde un gran estruendo al oeste nos sorprendió. 

Fue una broma bastante pesada de Dios, sonó como el ruido de un cañón que asustó a los caballos pero más a los hombres. Cuando dirigimos rápidamente la vista hacia esa parte del valle pudimos divisar la tormenta, una grande, inmóvil, una columna malévola de agua y electricidad sobre un pobre trozo de tierra… 

Pienso que estamos en el lugar equivocado si tan sólo el repique de la guerra nos asusta como a niños. En cambio, siento gran orgullo por la gran destreza que mostramos al asegurar el campamento para la tempestad, igual que marineros ante la inminencia de una fragata enemiga. 

Al imaginar que llovería esa noche, sentí una gran tristeza, como si un gran barco hubiera desaparecido dentro de mí, dentro de un mal tiempo que durará hasta quién sabe cuándo… hasta el amanecer de nuestro reencuentro.


E.L.T.