martes, 18 de octubre de 2011

La Esencia del Hombre (4/6): El prófugo

Tengo los pies hundidos en la arena. Es demasiado fina y pesada, brilla a más no poder, casi hasta la náusea y el dolor de alma. Entonces Ella aparece con el color de tres gotas de sangre sobre la nieve tierna. Es como el Ángel de la Melancolía: sus cabellos negros sobre el rostro albo, la mirada verde, taciturna, su redondez ligera; tiene la sonrisa inocente y la furia guardada. Grito su nombre pero no se escucha nada, nada sino el ciclón de la sordera. Mas mi silencio estremece el cielo, rajándolo como a una placa entumecida de hielo. Ella voltea y me señala soberbia la Ciudad de México, la santa necrópolis es lumbre detenida, una luna que resucitar, una excepción de Dios. Ahora a su derecha me señala un tigre inerte, dice algo, pero no la oigo… creo que llora. No puedo asirla. Miro el cadáver que soy, y al girar ya ha desaparecido dejando un rastro de oro e incienso. El miedo y la tormenta azotan cada vez más fuerte. Algo brilla en la arena: un panel de espejo enterrado, creo… pero no, acercándome, es un trozo de escritura en la que se puede leer…


Enrique López T.