La copa limpia del cielo se ensucia con huellas de una tristeza grisácea.
Pero no se confundan, yo estoy feliz y me acompañan las Furias.
Visto por capricho y por querer salir de lo mismo, un tuxedo blanco.
Y los mismos zapatos deportivos de siempre, no tengo otros taaan elegantes.
En realidad no tengo otros.
En realidad no tengo otros.
Tomo una de las copas vibrantes de champagne.
La alzo como si orará para dedicarle a ella, la de siempre, unas palabras.
No escucho qué le digo, pero apuesto que fue algo lindo.
Algo que le gustaba oír de mí, que en realidad eran pocas cosas.
Dejo la copa sin beber nada, aún no llego a esos firmamentos laicos.
Dirá usted que mi cordura es una maldición post-moderna.
Y no se equivoca, no tengo sitio sobre ésta, sobre cualquier mesa.
La santidad salvaje y la bestial helada me hacen ausentarme un poco.
Simplemente extraño su presencia como una prosa fuerte y magnífica.
Ya no diré nada de sus ojos que encuentro en cada habitación vacía.
Ya tampoco me asomo por la ventana esperando un milagro extemporáneo.
Ni la música de las fenestras calles suena a Nino Rota.
Lo que sí hago es orar, alzar la misma copa y decirle sin que lo sepa:
«Asa–Nisi–Masa»
Salud. Es sólo que ya lo ven, éste año las Furias juegan con mi alma
como si mi corazón fuera un rojo y viejo trapo, que trae suerte si lo queman.
Enrique López T.





















