domingo, 31 de octubre de 2010

Es todo un personaje (1): 40 x 40

Por cierto, esa mujer de ojos verdes solamente dibujaba flores rojas sobre cartulinas blancas de 40 por 40, que ella misma cortaba.

Esa manía me interesaba por sobre sus largas piernas, bien torneadas; por encima del hecho que odiaba la literatura y la filosofía; incluso más que su estilo para que de pronto yo, yo! no tuviera nada que decir, ni en defensa propia. Sólo podía quedarme callado y mirar sus ojos, una obertura de estrellas.

Eran sus flores dibujadas con distintas tintas rojas, sobre cartulinas blancas de 40 por 40 lo que más amaba de ella.

Me gustaba ver como las hacía, la forma en que se iba acercando a los tonos, en que soñaba sus pétalos, y el modo en que descubría en el almacén de la tarde cierta emoción que después usaba, línea tras línea, trazo a trazo, mancha a mancha colorada... hasta finalizar no con una rubrica sino con una frase que tú y sólo tú en todos los universos colindantes, habías de comprender para siempre. A pesar de que eso es demasiado tiempo. A pesar de que el corazón doliera.

Es todo un personaje, descubrirlo una aventura. 

Single Tiny Flower by Audrey
ELT.

martes, 26 de octubre de 2010

Y para siempre lo seremos.

El cielo en astillas no cae. La tibieza lo sostiene.
Pero tú ya has olvidado lo que significa caer.
Recuerdo que una noche te encontré tirada sobre tus lágrimas.
Interrumpí al destino en su obra, y te abracé.
No debí hacerlo, pero ya era tarde.
Tenía corazón, ¿sabes?.
Eran por supuesto otras épocas.
Temporadas de "máquinas mágicas" y temporadas de caza.
Salías temprano con tus lápices de colores.
Los demás salíamos con las escopetas al hombro.
Al regreso, yo traía dibujos de trinos y dioses antiguos.
Pero tú ya habías desangrado al ciervo.
Y comías su corazón salpimentado.
Te hiciste fuerte, y me encantaba verlo en tus ojos vacíos.
No había brizna de lágrimas o recuerdos.
Tenía la certeza de que algún día...
Pero muy bien sabía lo que aquello significaba:
Sólo somos lo que hemos matado.




Enrique López T.

lunes, 18 de octubre de 2010

Lumbre de un incendio apagado

Eras también lumbre.

A mi locura le amaneció un incendio apagado,
indolente;
manando ceniza roja,
latifundios de corazones amaestrados,
tristes perros al alba;
minotauros.

Nadie como yo, dio tan poco...
en todos los siglos por venir,
en todos los siglos
sin haber llegado...


ELT.

domingo, 17 de octubre de 2010

Cine: Campeón sin corona

RECORDAR ES OLVIDAR: Alejandro Galindo: La Corona del Campeón.


Hay una figura fílmica ineludible, que como pocos dio detalle de la derrota en términos creo que universales, aunque no está de más reconocernos en el fracaso mexicano, ese que ojalá no sea eterno, y que no se dé nuevamente en el fútbol. La figura fulgurante es la de Don Alejandro Galindo, la obra Campeón sin Corona, ambos con sitios de honor en el tabernáculo del cine mexicano.

Nacido en Monterrey, N.L. Héctor Alejandro Galindo Amezcua es adoptado de inmediato por la Ciudad de México y es que es uno de los padres del cine urbano; un cronista íntimo de ésta metrópoli, amada y odiada incluso en el mismo latido.

En sus películas avivó una ciudad de desvelo, alcohol, cabaret, crimen, caída y resurgimiento, insomne pero trabajadora, cómica y trágica, prolífica a las historias populares donde chóferes, taqueros, boxeadores, familias… el ciudadano de a pie, es el héroe y antihéroe, celebrado y criticado al mismo tiempo.

Junto con David Silva logra una perla negra del cine: Campeón sin corona de 1945. Equilibrada con entrañas y sencillez es una historia emotiva y brutal sobre el “triunfo” de un boxeador, pero la caída de un hombre. Inspirada en la historia del púgil Rodolfo “El Chango” Casanova, Roberto “Kid” Terranova es el héroe autocondenado a la derrota, vencido… no por el rival, sino por lo que trae dentro, por el miedo, por la desilusión… por los complejos.

Integran el cuadro: Amanda del Llano como Lupita la leal novia, el temible Carlos López Moctezuma, ahora de bueno como el Tío Rosas, el manager que prepara al púgil, Fernando Soto 'Mantequilla' como El Chupa, amigo y second, y de modo estelar la Ciudad de México interpretada por La Lagunilla, La Arena México, los salones de baile, los billares, las taquerías, los gimnasios, las calles desaliñadas...


Estrenada en el Cine Palacio en 1946 sigue siendo en categoría una tragicomedia aguda, una apoteosis de la derrota, una epopeya del fracaso, no en vano toma al boxeador, síntesis de lo humano, pero con el matiz mexicano de los años 1940 (tanto que era promocionada como “la película más mexicana de las películas”). Y es que disecciona el complejo de inferioridad de aquel que tiene todo para triunfar, pero que se amilana a la hora buena, perdiendo incluso en la victoria. En este caso ante el pocho Joe Conde interpretado odiosamente por Víctor Parra ¡No, corrijo!: perdiendo ante el desprecio de la mujer fatal, Susana (Nelly Montiel), que encarna ese mundo que Terranova desea, pero que odia y teme a la vez.

La habilidad del maestro Galindo nos da detalle del ambiente: trifulcas, renuncias, golpes, luminarias, giras, contratos y toda esa naturaleza violenta de la función de box, engalanada por el legendario anunciante Antonio Padilla “Picoro” y por los comentaristas “Mago” Septién y Ramiro Gamboa, sí el “tío Gamboín”.



La imagen el boxeador que no resiste la fama, el dinero, las mujeres, el status que la efímera gloria le rinde, parece un cliché eterno, pero quizá sea un destino, y uno muy cruel. Terranova saca la batalla del ring a un campo donde es vulnerable (donde no tiene equilibrio, ni pegada) para hallar un final casi trágico: derrotado no en el ring sino en la vida, vaga como una sombra en la bruma de las glorias pasadas, lejos de sus querencias, atestiguado el triunfo de otro peleador al que él venció, y que en un acto de entereza, muy a la Galindo, reconoce que hubo otro más grande que él, un fantasma llamado Kid Terranova.


Pero pudo haber sido peor, el desenlace original indicaba que terminaba perdido en el vicio, el director lo cambió a petición del productor Raúl de Anda, para dar quizá una esperanza, representada por Lupita y por la madre de Roberto, que lo encuentran y le piden volver a la nevería a batir la de membrillo.

El maestro Galindo con Campeón sin corona ha hecho una parábola de oro que sube, y baja y baja, sobre el combatiente, sobre el hombre que pudo ser, pero no quiso triunfar… finalmente y aún hoy: nosotros seguimos siendo, nuestro peor enemigo.

Enrique López T.

Publicado en Correcamara.com el 2010-04-27

miércoles, 13 de octubre de 2010

Sophoie: Algo sobre la Esperanza (Spes 1)

Dice Spinoza:
“La esperanza es una alegría insegura, que procede de la idea de una cosa futura o pasada, de cuyo acontecimiento dudamos...”. 
Yo le respondería al imprescindible filósofo (nobleza y oportunidad que da la filosofía): puede ser insegura, quizá tambaleante, medrosa, un casi que se mueve en el límite de la nada... pero finalmente es algo, sobre todo una alegría.

Y así, la esperanza descansa no en ella misma, sino en el deseo o más bien, en el anhelo de un bien (idealmente) cuya existencia se preserva y ser perfecciona en el alma, a pesar de las causas adversarias y contra las circunstancias negativas de aquel ideal que nos ensueña. 

Me refiero al bien, evitando el mal pues contaminaría tanto a la esperanza que al final la mata y se estaría hablando de otra cosa.

La fortuita bienvenida del bien en contra de una suerte siempre adversa y de una realidad negativa y frustrante le da, al hombre virtuoso, una fortaleza insólita. 

Una fuerza que debe ser precisa, exacta... que le preste vida a la esperanza y que no la mate por certeza, soberbia, ni por imposibilidad. Algunos dirán que esta fuerza es la fe. ¿La fe en qué? En primera instancia, en Dios (pensando en Spinoza y su conquistada y noble concepción de él), pero finalmente en la bondad que representa una oportunidad para todos (volviendo al bien del que hablaba antes).

Pero ¿qué me hace pensar que el bien me sonreirá?
Ceo que son dos cosas.

Empezaré por la segunda, por la experiencia pasada, si antes ha ocurrido ocurrirá ahora, si ha venido ayer vendrá hoy, si antes a alguien más le ha sonreído, me sonreirá ahora a mí. Vuelvo a preguntar ¿por qué a mí? para llegar a la primera causa que esbozo tal vez con cierta complacencia, porque yo mismo soy creador del bien... y el bien podría volver a mí. Quizá sea una desproporción, pero ya iré decantando este sentimiento.
Cierro esta breve y modesta primera disertación sobre esperanza con una cita de Octavio Paz que me emociona y que varias veces ha hecho que me levante de todos mis crepúsculos:
“Quien ha visto la Esperanza, no la olvida”.
Hope in Prison of Despair, 1887 by Evelyn de Morgan

Enrique López T.

lunes, 11 de octubre de 2010

Nómina (4): Tarjeta.

  • Sólo me expulsaron una vez, la falta era necesaria, la sangre no. La cara y la tarjeta enrojecidas fueron inminentes.
  • El primer expulsado fue Satán. Y ahí sigue, esperando a que el partido acabe, seguro arma una bronca de proporciones cósmicas.
  • Muchas veces me amonestaron y lo odiaba, porque lo merecía.
  • El primer amonestado fue Caín. Y ahí sigue, jugando como Pelé o Cruyff, construyendo la Humanidad Total, aún con la vergüenza.
  • Por el contrario recibí muchas faltas, y aquí como en todo, la intención es lo que cuenta.
  • Hay faltas leales (necesarias) y de mala leche, pero como decía George Best, los defensas destructivos son unos hijos de puta.
  • Pido un voto de confianza para mis compañeros de prosapia: Caín y Satán no son tan malos como piensan.

ELT.

      jueves, 7 de octubre de 2010

      Scientia (5): Experimentados.

      Los científicos experimentales son unos provocadores.
      No sólo quieren provocar observaciones sino además en "condiciones especiales".

      Es decir, en el campo donde se sienten seguros, 
      donde lo incontrolable no venga en nuestro auxilio.

      Su meta, dicen... es comprobar la hipótesis de que siempre reaccionaras igual ante sus bravatas.

      Yo digo que son unos cobardes.



      ELT.

      martes, 5 de octubre de 2010

      Fingere (2): La muerte de un relojero.

      La muerte de mi relojero ocurrió en septiembre de 1933.
      Buen año y mejor mes, según recuerdo.


      Era otra época, más romántica, más cercana al honor que caminaba ufano por calles y parques, y por supuesto por los cementerios blanqueados, según disposición del Ayuntamiento.

      La vida en ese tiempo implicaba un balazo en una oreja, si es que no hacías bien tu trabajo.
      Así na'mas sin "agua va".

      El balazo fue en la oreja derecha, es cierto, ¡lo juro por los dioses!
      Lamentablemente el pulidor de lentes tampoco hizo bien su trabajo. 
      Pero descuide, ya lo he visitado.



      ELT.