SOBERBIA
Te pedí un instante,
uno solo,
ni siquiera uno profundo
(aunque yo quería toda la eternidad
así fuese de costado);
pero no hubo velocidad, ni tiempo.
Te pedí un puñado de luz,
al ritmo blanco de tu cuerpo
(aunque yo quería
poner mi boca
en tu fuego santo);
pero no hubo más que ceguera y frío.
Te pedí una sencilla palabra,
para no arrasar con el mundo
(aunque yo quería nacer un cielo nuevo
de nuestros escombros);
pero solamente hubo ángeles desgarrados.
Qué vano es tender la mano hacia la nada,
si no hay alma, ni esperanza,
que inútil es el sentimiento
entintado de púrpura
porque su mugre dorada
también sangra.
Qué Soberbia más dura,
más helada,
más desesperante,
más metálica
la del silencio,
la de la pequeña distancia
que es insalvable para el alma.





