viernes, 19 de febrero de 2010

THE HURT LOCKER

Contiene spoilers, así que mejor ve la película antes de leer esto.


THE HURT LOCKER: LA VOCACIÓN DEL HOMBRE.




Quizá no haya que pensar en la muerte para no hacer de ella una obsesión. Quizá no haya que pensar nunca en la muerte para poder vivir día–a–día. Parece que William James así lo cree y así lo experimenta en el thriller bélico, The Hurt Locker, una enorme película, de hecho la gran película sobre el conflicto en Irak, rica en interpretaciones y emociones.

Lo sabemos, la muerte es un hecho sólido, incontestable. Pensarla no es fácil, menos en tiempos de guerra. Es terrible que el choque armado, genere un paroxismo tal, que la conciencia de la muerte desaparezca… son tantos las ‘bajas’ que no se comprende, como debiera que, lo que ahí se pierde son vidas humanas, irrecuperables. Ni siquiera hay lugar ni tiempo para el duelo, es decir, el valor de la vida también se niega… como dice un poema navajo: “termina la vida y empieza la sobrevivencia”. Por eso la guerra representa uno de los grandes retrocesos de la humanidad.

Pero es mucho más difícil pensar la muerte en éste limbo que es la ocupación estadounidense en Irak, estamos en un mundo sórdido, mezclado entre la guerra y la paz, y que niega al mismo tiempo la guerra, pero aún más la paz.

La escena inicial de la película es brutal al arrojarnos de lleno a este ambiente y a la historia.

La unidad especial para la desactivación de explosivos de la Compañía Bravo acude a desactivar una bomba en una árida zona poblada; un robot explora, algo sale mal y el sargento Thompson (Guy Pearce) se calza una armadura, un traje antiexplosivos, y se encamina a solucionar el problema. La tensión crece con cada paso. Mientras la vida cotidiana en Bagdad parece inmutable, hay niños, mujeres, viejos, todos curiosos de lo que ahí pasa, ríen, hablan, cuchichean… y estos mirones son a la vez, peligros eminentes, el sargento JT Sanborn (Anthony Mackie) lo sabe, cuida el perímetro, la escena aumenta en suspenso.


De pronto, el especialista Owen Eldridge (Brian Geraghty) se percata de que un comerciante tiene un celular, avisa a su compañero, corre hacia la posible amenaza, le apunta, le grita que suelte el teléfono, corre, le apunta, lo amenaza… y por un breve momento, casi como un guiño, parece que todo es un malentendido, pero finalmente hay una mirada especial del comerciante justo antes de que active la bomba… luego un gran estruendo… todo retiembla (el espectador incluido) y vemos como el visor del casco de Thompson se cubre de sangre de un solo golpe, está muerto.

Así, con los primeros minutos de la película, Kathryn Bigelow nos da la bienvenida y nos advierte, esto es mucho más real y puede ser más crudo, no se trata de un evento extraordinario, sino el pan de cada día en la vida de ésta unidad, que paradójicamente espera cumplir los pocos días que le quedan en servicio. Pero esto es apenas el comienzo, habrá más y habrá mejor.

Es aquí donde digo que pensar la muerte en éstos términos es más difícil: la muerte se revela un poco, podemos ver las posesiones humanas del caído pero también que únicamente es una placa entre miles de bajas contendidas en frías cajas; por otro lado, la vida se valora y la culpabilidad del hombre responsable puede emerger, Eldridge se culpa por lo acontecido por no haber protegido a su compañero, pero hay que avanzar. La película no se estanca aquí, de hecho no se estanca, nunca.


La llegada de otro líder desactivador de bombas, el sargento William James (interpretado inmejorablemente por Jeremy Renner) pone en juego todo otra vez. Pero este líder es mucho más (y déjenme usar una palabra que ya no se usa mucho), más temerario, no se apega al protocolo, no usa al robot, trata personalmente con “sus bombas” se enfrenta mano a mano con su destino. De inicio y por trastocar el protocolo (que es la red de protección de la unidad) no es muy bien recibido, pero su alta efectividad y su obscura camaradería, acaban por conquistar la confianza de sus hombres.

El sargento Will James es un personaje fascinante, densamente complejo, parece que su alma porta ese traje antiexplosivos, solo te permite ves resquicios de su alma entre la dedicación por su trabajo, la afinidad humana con un niño iraquí, el anhelo por su familia y el temor de este anhelo, su gusto por el sol y los conflictos internos de un hombre en esencia, insólito.


Sólo una vez se abre, y es para mostrar orgulloso su hurt locker, su “caja de cosas que le hacen daño”, una colección de objetos (y evocaciones) que pudieron haberlo matado: componentes, mecanismos, detonadores, la foto de su hijo y su anillo de matrimonio con su fiel ex–esposa, además de otras cosas que seguramente habrá y seguirá sumando (tal vez un DVD pirata, un boleto de avión, una caja de cereal…).


Pero ¿Por qué guardar las cosas que casi nos matan?
Porque necesitamos de cosas superiores que nos recuerden que estamos vivos, aún sufriendo o en el sufrimiento. Porque el hombre está más orgulloso de sus cicatrices que de sus heridas, porque amamos lo que nos aniquila si lo hace de una forma vital, revelándonos aquello esencial y a lo que no muchos pueden tener acceso, porque el corazón humano es múltiple y obscuro.

El sargento James es tan ininteligible que ni siquiera estoy seguro que haría suya la frase de Jacques Madaule: “Sé que moriré, pero no lo creo”, y sin embargo, estaría casi seguro que a veces pierde de vista que su trabajo es letal, olvida que mira todos los días a la muerte a los ojos.


El fragor de la batalla sucede más en su alma que afuera en el desasosiego de las misiones. Cuando la guerra es más cruenta nadie duraría en llamara héroe a cualquier combatiente, pero en éste —insisto— limbo, James es un auténtico héroe, más de 873 bombas desactivadas, quién sabe cuántas vidas salvadas, de hecho es evidente que le importa la vida. Pero no hay envanecimiento, nada sino el orgullo del trabajo cumplido, el trabajo que lo apacigua.


Permítanme insistir, es una gran película, compromete al espectador con la trama y la dinámica de la acción, al concederte todos los puntos de vista, aquellos más apremiantes para conseguir el efecto de peligro, de urgencia, de encerramiento, de audacia, de reflexión. Cada escena es memorable, la de la mezquita, la de la ONU, sobre todo la del desierto y las que finalizan la película. Rápido te encuentras capturado en la estructura narrativa de “bomba de tiempo”… hay una cuenta regresiva: 23, 22, 16, 2 días para ser relevados, 1 día hacia la liberación de la servidumbre militar. Con todo el personaje principal ha pasado su vida tratando de desactivar lo que trae dentro…

Ahora me aventuraré a respaldar lo que un amigo me hizo notar, algo con riesgo de que me ataquen las feministas y se me acuse de machista o algo peor, pero por favor no se me malentienda: Bigelow no filma como mujer, filma como un gran director simplemente como eso, no se permite debilitar la historia con una cierta sensibilidad femenina que tal vez no hubiera cabido; para ella hubiera sido fácil introducir una mujer como protagonista (de hecho Charlize Teron estuvo contemplada para el papel), pero quiere ahondar en el comportamiento de estos hombres en estas incidencias (es de hacer notar que no observé ninguna mujer en la unidad o en toda la armada), se arriesga y lo hace de serio, va hasta el fondo de muchas situaciones, como la de los hijos, los miedos, las bombas humanas, y con mucho tino, cada personaje tienen notables cambios, parece que sin importar nada, el espíritu humano se impone, se desarrolla.

Creo con convicción, que The Hurt Locker se llevará el Oscar a Mejor Película y seguramente a Mejor Director para Kathryn Bigelow, haciendo historia como el primer Oscar para una mujer y es más que justo, no hay nadie que le pelee tan notable trabajo, traduce una gran historia, articula muy bien las escenas de acción sobre una edición a gran ritmo, obtiene grandes actuaciones, y hace una película memorable.

Se llevará este doblete si los integrantes de la Academia saben ver que esto, es más real y que nos dice más de nosotros, que una visión light y NewAge de la naturaleza versus el la humanidad más vil, aquí no hay buenos–buenos o malos–malos, no hay maniqueísmo, los efectos especiales están al servicio de una historia inteligente, no una historia vieja y mal contada al servicio de los efectos visuales. Si deben premiar a la película relacionada con la guerra, debe ser ésta.


Al final en la historia de The Hurt Locker hay una doble trampa, primero un espejismo… el retorno a casa de William James en el que notamos que ahí está más expuesto a la muerte, de hecho ésta es la segunda vez que se abre y es frente a su hijo, con un monólogo hermoso, salido del alma. Después un mecanismo que sabíamos que tarde o temprano se despertaría nuevamente, reactivando la bomba: su regreso, 365 días más frente a la muerte, 365 días más de esa vida salvaje que algunos necesitan para sentirse vivos, para sentir que la muerte no les gana terreno.


En conclusión, ni siquiera creo que la película se trate de la adicción a la guerra, sino de la ética de la acción: soy lo que sé hacer… y eso siempre enaltece al ser humano, por eso uno sale de la sala con un sabor dulce–amargo, pero contagiado de un orgullo inusitado en el espíritu.

Enrique López T.

lunes, 8 de febrero de 2010

Minería lunar

Minería lunar

Últimamente la luna extrae más de lo que puede usar del corazón, mucho más de lo que en una noche puede beber y, sin embargo, sigue desecando con óxido de plata cada corazonada que le entrego al mundo.

Quisiera odiarla, pero este rojo mineral que alimenta su soberbia la busca con ahínco, con voraz urgencia de ternuras. Quisiera odiar al menos su imagen, que pasa y repasa, pero mis ojos la adoran, desnuda, resplandeciente, concéntrica belleza como antigua diosa de futuras nostalgias.

[Insomne.] No tengo escapatoria, no hay lugar a donde huir: aún dentro del sueño… otro sueño me recuerda su existencia y entonces la mina del corazón vuelve a latir.


Enrique López T.

Fotografía: "Rojo mineral" (cc)

sábado, 6 de febrero de 2010

Maltiempo [fragmento]

Maltiempo (fragmento)

[…]
El mar se vuelca sobre las antiguas furias,
dentro de ti: hay abismos que llenar,
bajofondos de heridas,
lunas alcoholizadas…

Con cuánto odio, el mar nos habla,
su estela desorbitada y a gritos
es de locura empobrecida,
es de lobo marítimos
y aves nocturnas
que se izan brutales
desde la tormenta…

Todos los muertos
que me hablan de sus hazañas
y de las rompientes
orillas de la vida
tienen los ojos ahogados
y el hambre curtida.

[…]


Enrique López T.

Fotografía: "The calm before the storm" aussiegall (cc)